EL BANQUETE DE LAS SOMBRAS: LA CARNICERA DE TASKENT Y EL PACTO DE SILENCIO INSTITUCIONAL

12 de octubre de 1978. El sol apenas comenzaba a calentar el asfalto de Taskent, pero en el patio de una casa común, el aire ya pesaba como el plomo. Ustedes han escuchado historias de terror, pero lo que el investigador Anvar Fayzullaev encontró detrás de los muros de esa residencia en la mahalla del bazar Alay supera cualquier guion cinematográfico de horror psicológico.

La “Versión Oficial” en aquel entonces hablaba de una próspera comerciante, una mujer del pueblo que, ante la escasez de carne que azotaba a la Unión Soviética, lograba abastecer a sus vecinos con la mejor baratija de la ciudad. Zubayda Rakhmanova, de 45 años, era una celebridad local. Su carne era la más tierna, la más barata, la que siempre tenía fila. “Es un nexo directo con el sovjós”, decían algunos. “Es el legado de su familia de ganaderos”, repetían otros.

Pero la verdad tiene un olor que ninguna mentira puede camuflar. Fayzullaev, con las manos temblando después de tres décadas de ver lo peor de la condición humana, observaba cómo sus hombres sacaban ladrillo por ladrillo de un sótano que olía a muerte dulce. Lo que olía la Fiscalía ese día no era carne de cordero descompuesta; era la evidencia de 14 seres humanos procesados con la frialdad de una línea de ensamblaje.

Encontraron una picadora industrial, cuchillos afilados como bisturíes y, bajo el suelo, una fosa de cal viva donde los huesos humanos estaban limpios, sin rastro de músculo, separados por articulaciones con una precisión quirúrgica. Mientras un joven oficial de 27 años se doblaba de náuseas en el rincón del patio, el país entero seguía comprando, sin saberlo, los restos de una tragedia en el mostrador del mercado. Ese día, el Poder en la sombra de una simple vendedora de carne demostró que el “Secreto a voces” sobre las desapariciones en la ciudad tenía un final gastronómico.

Para entender a Zubayda Rakhmanova, hay que entender el México —o mejor dicho, el contexto de carencia total— que la forjó. Aunque estamos en Taskent, la psicología es universal: el hambre es el primer eslabón de la Narcocultura del alma. Zubayda nació en 1933, en medio de campos de algodón y polvo. Era la tercera de cinco hijos, la “hija del medio” que aprendió temprano que para sobrevivir no se debe gritar, se debe aguantar.

Su linaje no era de reyes, sino de peones del sistema. Creció viendo cómo sus manos se endurecían con las cápsulas de algodón. Pero bajo esa apariencia de docilidad, se gestaba una inteligencia calculadora. A los 16 años ya era ayudante de cocina; a los 20, ya podía despedazar una res en la mitad del tiempo que un hombre. Ese era su Fuero personal: su habilidad con el cuchillo.

El sistema que la rodeaba estaba diseñado para el Nexos de favores. Su matrimonio con Kamil Rakhmanov no fue un romance, fue un contrato de supervivencia que terminó en tragedia. Kamil era un alcohólico que drenaba lo poco que tenían. Cuando murió en 1974, Zubayda no lloró. Ella sabía que el llanto no llenaba platos. La expulsaron de su casa en Guliston y terminó en Taskent, en una vieja casa de adobe con un sótano que, según los rumores de la mahalla, perteneció a un mercader de Bujará.

Allí, con tres hijos que alimentar y un sueldo de miseria de 38 rublos, Zubayda enfrentó la muralla del Sistema. No tenía contactos, no tenía “padrinos” en el Partido, no tenía nada más que su conocimiento de la anatomía del animal. La transformación de una madre desesperada en una depredadora sistemática no ocurrió por un brote de locura, sino por una decisión contable. Ella vio los flujos de dinero en el Bazar Alay; vio que el estatus y el Poder en la ciudad se medían por quién tenía acceso a la proteína que el Estado no podía dar. Su ascenso no fue un salto, fue una infiltración silenciosa en el mercado de la muerte, construyendo alianzas con la necesidad del pueblo.

El escándalo estalló en la mente de Zubayda una noche de noviembre de 1975. Un hombre llamado Víctor, un forastero borracho con una bolsa llena de dinero de viáticos, se convirtió en su “Primer Cliente”. Ella lo llevó a su casa bajo la máscara de la hospitalidad, le dio té y esperó a que el alcohol hiciera su trabajo. Cuando abrió su maleta y vio 120 rublos —tres meses de su salario—, el dilema moral se resolvió con la rapidez de un tajo.

Ese fue su Punto de Quiebre. No fue odio, fue administración. Ella sabía que si le robaba, él la denunciaría. Pero si él desaparecía, nadie lo buscaría. “Tengo tres hijos y 38 rublos”, le diría después al fiscal Fayzullaev, como si esa ecuación justificara el inicio de su carnicería humana.

Lo que siguió fue una operación de Poder Fáctico a microescala. Zubayda no buscaba fama; buscaba invisibilidad. Desarrolló un método: buscaba hombres solos, extranjeros, personas que el sistema consideraba “desechables”. Los atraía con una sonrisa maternal y una comida caliente, y luego, en el silencio del sótano, ejecutaba su “trabajo”.

La Revelación más escalofriante del expediente es la normalidad con la que Zubayda procesaba los cuerpos. Usaba una picadora industrial y vendía la carne a 1.80 rublos el kilo, la mitad del precio del mercado. Sus nexos con el bazar eran tan profundos que durante tres años, miles de personas consumieron su producto. Incluso su hija mayor, Lola, de 18 años, ayudaba a cargar los bultos envueltos en hule, bajo la orden de “no preguntes, solo carga”. El Secreto a voces en el mercado era que Zubayda tenía un “contacto en el sovjós”, una mentira que el sistema, perezoso y corrupto, nunca se molestó en verificar.

¿Cómo pudo una mujer matar a 14 personas en medio de una ciudad densamente poblada sin que nadie se diera cuenta? La respuesta está en la Maquinaria del Silencio. El capitán Mansur Karimov, el oficial de zona, tenía 11 denuncias de desapariciones en su escritorio. Once familias que buscaban a sus padres, hijos y hermanos. ¿Qué hizo Karimov? Archivó los papeles. Recibía pequeños tributos del bazar y prefería creer que los desaparecidos simplemente “se habían ido de parranda”.

El Poder en la sombra de Zubayda se alimentaba de la desidia estatal. Rashid Umarov, un carnicero rival, sospechó de ella y presentó quejas formales ante la oficina de control de robos (OBXSS). Argumentó que los precios eran imposibles, que el origen del producto era dudoso. Pero el sistema estaba ocupado pintando fachadas para visitas oficiales de delegaciones extranjeras. Nadie quería un escándalo en el sector alimentario.

Incluso el vecino, el viejo Hasan-aka, escuchaba los ruidos nocturnos a través de la pared de adobe. Golpes sordos, el arrastre de algo pesado, el sonido de la picadora a las 3 de la mañana. Una noche vio a Zubayda enterrar algo oscuro en el patio. Pero a la mañana siguiente, ella le traía un pan caliente y le sonreía. El miedo y la gratitud construyeron un Blindaje más fuerte que cualquier muro de concreto. El Pacto de Silencio era colectivo: el Estado no quería investigar, los carniceros no querían problemas y los clientes querían carne barata.

Al final, la historia de la “Reina del Bazar” terminó con un tiro en la nuca en agosto de 1979. Su proceso fue secreto; las autoridades tenían pánico de que la gente supiera que había estado alimentándose de sus propios desaparecidos. Pero el expediente que Fayzullaev guardó en su cajón nos dice algo fundamental sobre el alma de cualquier país, incluido el nuestro.

El caso de Zubayda importa hoy porque nos recuerda que el mal más absoluto no siempre viene con máscaras o armas largas. A veces, el mal tiene cara de madre de familia, de vecina ejemplar, de alguien que simplemente está “sacando adelante a los suyos”. En México, vivimos rodeados de “Fosas Clandestinas” y de un sistema que, como el capitán Karimov, prefiere archivar las denuncias antes que enfrentar la verdad.

Zubayda Rakhmanova no era un monstruo de nacimiento; era un producto de un sistema que volvió a las personas mercancía. Hoy, cuando vemos los Nexos entre la política y el crimen, o cuando ignoramos el origen de lo que consumimos con tal de que sea barato, estamos validando esa misma picadora industrial de almas. La historia de Taskent es un espejo del México Noir: una realidad donde la impunidad es el ingrediente principal de la cena, y donde la verdad silenciada solo sale a la luz cuando el olor de la cal viva ya no puede ocultar el rastro de la sangre.