El funeral de Lucía transcurría como esos días en los que el tiempo parece haberse detenido por respeto al dolor. La iglesia estaba llena, el aire pesado, las velas temblando como si también ellas sintieran el peso de la pérdida. El ataúd cerrado frente al altar era el centro de todo, y alrededor de él, los murmullos apenas contenidos de familiares, amigos y curiosos que no sabían cómo comportarse ante una tragedia tan reciente.

Yo estaba sentada en la primera fila, con las manos entrelazadas con tanta fuerza que me dolían los dedos. Era su madre. Y aun así, sentía que no había tenido tiempo suficiente para protegerla del mundo que la había rodeado.

Entonces, las puertas de la iglesia se abrieron.

El sonido de unos tacones altos golpeó el mármol con una seguridad obscena, interrumpiendo el silencio sagrado como si alguien hubiera irrumpido en un lugar prohibido sin pedir permiso. Todas las miradas se giraron al mismo tiempo.

Álvaro entró riendo.

No caminó con solemnidad. No bajó la cabeza. No mostró el más mínimo respeto. Entró como si llegara tarde a una reunión social, con el saco perfectamente ajustado y el cabello impecable. Del brazo llevaba a una mujer joven con un vestido rojo intenso, demasiado llamativo para un funeral, demasiado confiado para un lugar donde la мυerte estaba presente.

Sentí cómo algo dentro de mí se tensaba.

Los susurros comenzaron de inmediato. Algunas personas se quedaron inmóviles, otras bajaron la mirada. El sacerdote dudó un segundo, como si no supiera si continuar o detenerlo todo. Y entonces Álvaro, con una sonrisa que no pertenecía a ese lugar, dijo en voz alta:

—Uy, qué pena… llegamos tarde. El tráfico está imposible.

La mujer del vestido rojo observaba todo como si fuera un espectáculo nuevo, como si no entendiera del todo el peso del momento. Pasó junto a mí lentamente. Y cuando estuvo a mi lado, se inclinó apenas, lo suficiente para que solo yo escuchara su voz.

—Parece que gané.

El mundo no explotó.

Pero algo dentro de mí sí.

No respondí. No podía. Si abría la boca, no estaba segura de lo que saldría de mí. Así que me quedé quieta, mirando el ataúd, respirando despacio, intentando sostenerme en algo que ya no existía.

Lucía había sido mi hija. Había sido la mujer que me llamaba todas las noches para decirme que todo iba a mejorar. La que justificaba lo injustificable con una fe ciega en alguien que la estaba destruyendo poco a poco.

“Está estresado”, decía.
“Va a cambiar cuando nazca el bebé.”
“Solo es una mala etapa.”

Y yo la escuchaba. Porque eso hacen las madres: escuchan incluso cuando ya saben la verdad.

Álvaro se sentó en la primera fila como si el funeral le perteneciera. Cruzó las piernas. Rodeó a la mujer de rojo con un brazo. Y en el momento en que el sacerdote pronunció “descanso eterno”, él incluso se rió por lo bajo.

Fue entonces cuando Javier Morales se levantó.

El abogado de Lucía.

Caminó hacia el altar con un sobre sellado en la mano. Sus pasos eran firmes, pero su expresión era tensa, como si cargara algo que no debería ser dicho en ese lugar.

Se detuvo frente a todos.

—Antes de continuar con la ceremonia —dijo con voz clara— debo cumplir una instrucción legal expresa de la fallecida. Se procederá a la lectura de su testamento.

Un murmullo recorrió la iglesia como una corriente eléctrica.

Álvaro soltó una carcajada breve.

—¿Testamento? —dijo burlándose—. Mi esposa no tenía nada que yo no supiera.

Javier lo miró directamente. Sin rabia. Sin emoción. Solo con una certeza fría.

—Empezaré con el primer beneficiario —anunció.

Y entonces levantó la vista.

Y pronunció mi nombre.