Me llamo Mariana Torres, tengo veintiocho años, y hasta hace unos días mi vida era tan predecible que podía dividirla en bloques de tiempo: trabajo, casa, pendientes, repetir. Nunca fui de las que creen en el destino, mucho menos en cosas inexplicables. Pero todo eso cambió una tarde cualquiera, cuando alguien tocó a mi puerta y me entregó algo que no tenía sentido… un niño que aseguraba ser mi hijo.

Vivía sola en un departamento pequeño, en una vecindad antigua de la Ciudad de México. No era el lugar más bonito, pero era suficiente para alguien como yo, que pasaba la mayor parte del tiempo trabajando como asistente en una empresa exigente. Mi jefe, Alejandro Salgado, era el tipo de hombre que parecía no tener vida fuera de la oficina. Estricto, frío, perfeccionista. Nuestra relación siempre fue completamente profesional.

Por eso, cuando escuché que aquel niño decía su nombre como si fuera su padre… algo dentro de mí simplemente no encajó.

Todo comenzó cuando doña Meche, la señora que trabajaba en los departamentos de abajo, tocó a mi puerta con urgencia. Cuando abrí, lo primero que vi fue a un niño pequeño, perfectamente arreglado, con una mochilita amarilla en forma de pato y unos ojos brillantes que parecían llenos de emoción. Antes de que pudiera reaccionar, el niño corrió hacia mí y me abrazó con fuerza, llamándome “mamá” con una naturalidad que me dejó completamente paralizada.

Intenté corregirlo, explicarle que estaba equivocado, pero no sirvió de nada. Él insistía con una seguridad que no era normal en un niño de su edad. Y lo más inquietante no era eso… sino que sabía cosas sobre mí que nadie más debería saber. Mi nombre completo, mi número de teléfono, detalles personales que ni siquiera mis compañeros de trabajo conocían.

Lo dejé pasar, más por confusión que por decisión. Mientras lo observaba comportarse con una educación impecable, quitándose los zapatos y acomodándolos sin que nadie se lo pidiera, sentí que algo no estaba bien. No era un niño cualquiera. Había algo en su forma de hablar, en su manera de mirarme, que me resultaba extrañamente familiar.

Se llamaba Nico. Tenía cinco años. Y decía vivir en un lugar que, según él, estaba en Santa Fe… en una torre residencial que todavía ni siquiera existía.

Ese fue el primer momento en que sentí miedo de verdad.

Cuando le pregunté en qué año estábamos, su respuesta no coincidía con el calendario que yo tenía frente a mí. No era un error simple. Era una diferencia imposible de ignorar. Como si viniera… de otro tiempo.

Esa noche casi no dormí. Nico terminó profundamente dormido a mi lado, tranquilo, como si todo fuera perfectamente normal. Yo, en cambio, no podía dejar de pensar. Cada pieza de información que tenía en la cabeza no hacía más que complicar todo.

Y entonces cometí el error —o tal vez el impulso— de escribirle a mi jefe.

La pregunta que envié a las tres de la madrugada no tenía sentido lógico. Ni siquiera para mí. Pero en ese momento, con todo lo que estaba pasando, parecía la única forma de acercarme a la verdad.

Su respuesta fue exactamente lo que esperaba de él.

Fría. Directa. Profesional.

Como si el mundo no se estuviera desmoronando a mi alrededor.

Al día siguiente, con el cansancio pegado al cuerpo, intenté seguir con mi rutina. Dejé a Nico en una guardería, fingiendo normalidad, aunque por dentro todo estaba en caos. Cuando llegué a la oficina, el ambiente era el mismo de siempre: ordenado, eficiente, casi mecánico.

Pero algo cambió cuando me llamaron a la oficina de Alejandro.

Antes de entrar, escuché una discusión. Una mujer, claramente molesta. Su voz tenía ese tono de alguien acostumbrado a tener el control. Cuando salió, su mirada fue suficiente para dejar claro que no era alguien cualquiera.

Alejandro, en cambio, estaba como siempre. Imperturbable.

Eso me desconcertó más que cualquier otra cosa.

Hablamos de trabajo, de eventos, de agenda. Todo normal. Demasiado normal.

Pero cuando me di la vuelta para salir, algo me detuvo.

Lo miré.

Sin sus lentes, con el gesto relajado por un instante, su rostro cambió lo suficiente como para que algo hiciera clic en mi mente.

Las facciones.

La forma de los ojos.

La expresión.

Era imposible no verlo.

Alejandro Salgado… se parecía a Nico.

Y en ese momento entendí que lo que había llegado a mi vida no era solo un niño perdido.

Era una respuesta.

Una que aún no estaba lista para enfrentar.