Mariana levantó la mirada.

Ernesto señaló la carreta.

Las cinco niñas observaban en silencio.

—Mi esposa murió hace dos años —dijo con voz más baja—. Desde entonces la casa es… un caos.

Las niñas se miraron entre sí.

La mayor, de unos diez años, bajó la cabeza.

—Intento ser padre y madre al mismo tiempo —continuó—, pero hay cosas que un hombre simplemente no sabe hacer.

La niña pequeña volvió a hablar.

—Papá quema las tortillas.

Las otras soltaron una risita tímida.

Por primera vez en todo el día, Mariana sintió que algo parecido a una sonrisa quería aparecer en su rostro.

Ernesto cruzó los brazos y la miró con sinceridad.

—Necesitas un techo… y yo necesito a alguien que cuide de estas pequeñas.

Se inclinó un poco hacia ella.

—No busco una sirvienta. Busco a alguien que las trate como si fueran suyas.

Mariana tragó saliva.

Había escuchado promesas así antes.

Muchas terminaban mal.

—¿Por qué confiaría en mí? —preguntó.

Ernesto se encogió de hombros.

—Porque mis hijas ya lo hicieron.

Mariana miró hacia la carreta.

La niña de tres años seguía extendiendo su mano hacia ella.

—Ven —dijo la pequeña—. Tenemos gallinas.

Las otras niñas asintieron con entusiasmo.

—Y un perro.

—Y mangos.

—Y un columpio.

Mariana sintió que algo dentro de su pecho se quebraba suavemente.

Llevaba meses siendo invisible.

Acusada.

Expulsada.

Tratada como si no valiera nada.

Y ahora cinco niñas la miraban como si ya perteneciera allí.

—No tengo experiencia con niños —susurró.

La mayor de las niñas respondió:

—Nosotras tampoco tenemos experiencia con una mamá.

El silencio se volvió espeso.

Ernesto bajó la mirada un momento.

—No te estoy pidiendo que reemplaces a nadie —dijo con respeto—. Solo que nos ayudes a no sentirnos tan solos.

El viento levantó polvo sobre el camino.

Mariana pensó en el pueblo que la había rechazado.

Pensó en la noche que se acercaba.

Pensó en el hambre.

Luego miró a las niñas otra vez.

Y en sus ojos vio algo que no había visto en mucho tiempo.

Necesidad.

Pero también esperanza.

Tomó su maleta.

—Está bien —dijo finalmente.

Las niñas soltaron un pequeño grito de alegría.

La más pequeña aplaudió.

Ernesto sonrió por primera vez.

Le ofreció la mano para subir a la carreta.

—Bienvenida a San Miguel del Valle, Mariana.

Mientras el caballo comenzaba a avanzar por el camino polvoriento, la niña pequeña se sentó junto a ella y apoyó la cabeza en su brazo.

—¿Te vas a quedar mucho tiempo?

Mariana miró el horizonte.

Luego a las niñas.

—No lo sé.

La niña respondió con total seguridad.

—Yo sí.

Mariana frunció el ceño.

—¿Qué sabes tú?

La pequeña sonrió.

—Que cuando alguien llega a casa… normalmente es porque estaba perdido.

El sol caía sobre los campos dorados mientras la carreta avanzaba.

Y por primera vez en mucho tiempo…

Mariana no sentía que estaba huyendo.

Sentía que estaba llegando.