LOS COLORES DE LA LIBERTAD: MEMORIAS DE UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD

El aire en los pasillos de Santa Marta Acatitla tiene un peso específico. No es solo el oxígeno viciado por el encierro, es la densidad de miles de historias que se detuvieron en seco. Durante ocho años, mi mundo fue de un solo color: azul. Ese azul reglamentario que te borra el nombre y te convierte en un número, en un expediente, en una sombra más dentro de la colmena de concreto. Pero hace cinco meses, el reloj del sistema decidió que mi tiempo de deuda había terminado.

“Dicen que lo último es lo difícil”, me repetía a mí misma mientras los minutos goteaban como ácido en el pecho. Llevaba siete años y nueve meses soñando con el portón, pero cuando faltaban solo tres meses, la ansiedad se volvió una fiera. ¿Qué sigue? ¿Cómo se mira a la cara a una sociedad que te ha puesto una marca invisible en la frente? El miedo a la libertad es un animal extraño; te muerde por dentro porque sabes que afuera el mundo no se detuvo a esperarte.

Caminé hacia la salida con el corazón martilleando contra las costillas. Atrás quedaba la litera, el olor a desinfectante barato y la resignación. Una compañera me había conseguido una bolsa para mis cosas, pero en la cárcel hay un código no escrito, un dilema espiritual: “No te lleves nada”. Regálalo, véndelo, tíralo. Si te llevas los objetos, te llevas las vibras, te llevas los fantasmas. Dejé mis pantalones, mis camisas, mis restos de vida procesada a una chica en el módulo que los necesitaba. Me fui casi con las manos vacías, sintiendo que cada prenda que soltaba me aligeraba el alma. Solo conservé mis perfumes y un par de gorras, objetos que aún olían a la Azu que se negaba a desaparecer.

Cruzar el portón fue como emerger del fondo de un océano. El ruido de la calle, el caos de los motores, el sol sin filtros… todo dolía y sanaba al mismo tiempo. Pero lo que más me quemaba en los ojos era la espera. Allí estaba Betty.

Betty no es de mi sangre. A mi madre la perdí mientras estaba encerrada; el COVID se la llevó y con ella mi ancla más fuerte. Mis hermanos mayores, Jesús y Ricardo, se habían distanciado, consumidos por el enojo y la decepción. “Si mi mamá viviera, no la hubieras vuelto a matar, güey”, me soltó una vez Jesús. Esas palabras son cicatrices que no cierran. Pero Betty, a quien conocí dentro porque iba a visitar a su sobrina, se convirtió en mi familia elegida. Ella me vio cuando yo me sentía invisible. “Cuando tú salgas, ahí está la casa, hija”, me había prometido. Y cumplió.

Ver su cara afuera del penal fue la primera prueba de que el universo no me había abandonado. Me acogieron en su casa, lejos del ruido de la ciudad, donde los aires son otros. Sin embargo, antes de empezar la nueva vida, tuvimos que hacer un ritual de purificación. Betty fue clara: “Hija, vamos a quemar estas cosas”. Las pocas prendas y gorras que saqué de Santa Marta, incluso mis libretas de terapia donde vacié ocho años de dolor, terminaron en el fuego. Vi cómo las llamas consumían el algodón azul y el papel. Se hizo un remolino de humo negro y sentí, por primera vez, que los demonios que traía pegados se deshacían en ceniza. Me vestí de otros colores. Me sentí liberada.

Un mes después de salir, tuve que volver. Pero esta vez no iba esposada ni custodiada. Iba de visita. Entrar a Santa Marta vestida de civil es una experiencia esquizofrénica. Te quedas parada frente a esos muros y el cuerpo recuerda el trauma. Un escalofrío me recorrió la espalda; cada poro de mi piel gritaba: “Vete, no te quedes aquí”.

Iba a ver a mi pareja, que todavía purga su condena. Ver su carita desde el otro lado, ver que ella se queda mientras yo camino libre, es una melancolía que te parte en dos. Las custodias me saludaban con sorpresa, algunas incluso me abrazaban. “Échale ganas, Azu, ya no regreses”, me decían. Y yo les contestaba con una sonrisa que era más una promesa: “Solo de visita, jefa, solo de visita”.

En ese patio, recordé la Azu de 2017. Una chica rebelde, ingobernable, a la que no le importaba nada. Me llevó años entender que esa prepotencia no era más que una anestesia para el dolor de haber perdido a mi madre. La adrenalina de los malos pasos fue mi salida de emergencia, una forma de vivir al límite para no sentir el vacío de la ausencia. La cárcel no me comió; yo me tuve que comer a la cárcel para no caer en la depresión. Aprendí a valorar una pizca de sal, una servilleta, un segundo de silencio.

La reinserción no es un camino de rosas, es una lucha táctica contra el sistema. Mi primer impulso fue volver a lo que sabía hacer: manejar. Intenté darme de alta en aplicaciones como Uber o Didi, pero la “carta de antecedentes penales” se levantó como un muro infranqueable. Ese es el momento del bajón, cuando el mundo te dice que tu pasado es eterno.

Pero recordé las palabras de mi terapeuta: “Asu, si diez puertas se cierran, una se va a abrir”. No me permití desesperar. Antes de entrar, yo era una comerciante exitosa; ayudaba a mi madre en su negocio de tacos. El comercio lo traigo en la sangre. Hoy, gracias al apoyo de mi familia de elección, tengo un carrito propio y trabajo por la derecha. Me gano la vida honradamente, peso a peso, y la satisfacción de invitar algo de corazón con dinero ganado sin maldad es una sensación que no tiene precio.

Además, la vida me regaló una voz. Dentro de prisión cantaba para las visitas, generaba mis propios pesos con la garganta. Esa voz me llevó a participar en un documental llamado Sabores de Libertad, un proyecto que resignifica la comida y la vida tras las rejas. Pronto saldrá en Prime Video, y verme allí es reconocer que el potencial que otros veían en mí cuando yo estaba en la sombra, finalmente está floreciendo bajo la luz.

El destino tiene un sentido del humor muy fino. Hace poco, trabajando en la aplicación de transporte, abordé a una pareja. “Buenas noches”, dije. La chica me miró por el retrovisor y se quedó helada. “¡Azu!”, gritó. Era Karen, una compañera que también había pasado años conmigo en Santa Marta y que acababa de recuperar su libertad.

Nos abrazamos allí mismo, en el coche, entre el tráfico. Dos mujeres que compartieron el infierno ahora compartían el asfalto del mundo real, trabajando, luchando. Qué pequeño es el mundo cuando decides caminar por la derecha. Esas coincidencias te confirman que no vas a obtener resultados diferentes si sigues haciendo lo mismo. La ingobernabilidad sigue ahí, pero ahora la uso para no dejarme vencer por la adversidad, no para delinquir.

Hoy vivo en paz. Me rodeo de gente que me suma, como Clarita, una chica a la que admiro profundamente por su fuerza a pesar de su juventud. Me alejo del caos, de la gente tóxica que solo resta. A veces, cuando el sol se pone, me siento en el pequeño jardín del departamento de Betty con una taza de té. Pienso en los autobuses tomados de madrugada en mis días de encierro, en las humillaciones, en el dinero contado centavo a centavo.

Todavía canto. La música es mi vida, es el aire que respiro. Una custodia incluso me contrató para una fiesta privada de su familia. Canté hasta que no quisieron que me fuera. Ganar dinero así, con mi talento, me hace sentir otra persona.

El olvido es testarudo, como dice la canción que canté en el penal. Mi mente no olvida lo que viví, ni a los que dejé atrás, ni el dolor de mis hermanos. Pero hoy, a cinco meses de libertad, visto de otros colores. Ya no soy la sombra azul de Santa Marta. Soy Azu, la que maneja, la que canta, la que finalmente entiende que los tiempos de Dios son perfectos y que, a pesar de todo, sí se puede.