LA SOMBRA DEL PODER: CRÓNICAS DE UNA TRAICIÓN ANUNCIADA

HARFUCH CATEA la Mansión de "EL TIGRE" EMILIO AZCÁRRAGA, Y Lo Que Descubrieron  Fue… - YouTube

Emilio Azcárraga Vidaurreta. El padre. El fundador. El patriarca. El arquitecto de todo lo que vino después. Nació en Tampico, Tamaulipas, el 2 de marzo de 1895, en un país que todavía no terminaba de inventarse a sí mismo. A los diecisiete años, en plena Revolución Mexicana, cuando el país se desangraba y la mayoría de las familias huían o enterraban a sus muertos, él vio algo que los demás no veían: una jodida oportunidad. Empezó a vender de todo, sin escrúpulos, sin sentimentalismos, con ese instinto que tienen ciertos hombres para detectar el momento exacto en que el caos se convierte en negocio.

Según múltiples fuentes históricas, los hermanos Azcárraga compraban bienes a precios ridículos a familias desesperadas que huían del conflicto y después los revendían al norte de la frontera. Así comenzó la fortuna: sobre el miedo ajeno, sobre la desesperación de otros. A los veintidós años ya tenía su propia distribuidora, una agencia de automóviles Ford en Monterrey. Después llegó la representación de Victor Talking Machine. Después la radio. En 1930 fundó la XCW, la voz de la América Latina desde México, la primera radiodifusora con cobertura verdaderamente nacional. El día que esa estación empezó a transmitir, mi madre, Laura Milmo Higman, le dio un regalo al mismo tiempo: un hijo. El 6 de septiembre de 1930, en un hospital de San Antonio, Texas, nací yo, Emilio Azcárraga Milmo, el heredero.

Pero Azcárraga Vidaurreta no quería un heredero sentimental; quería un continuador, un guerrero, alguien construido con el mismo material frío y calculador que lo había hecho a él. Y lo que veía en ese niño no le gustaba. El muchacho, o sea yo, era sensible, caprichoso, enamoradizo. Demasiado humano para el tipo de jodido mundo que mi padre había construido. Y Azcárraga Vidaurreta me lo hizo saber cada día, de todas las formas posibles, sin piedad y sin discreción. La revista Quién, después de una investigación profunda sobre la dinastía, me describió con una precisión que hiela: infancia y adolescencia estuvieron marcadas por una relación complicada con mi padre, quien fue sumamente duro conmigo y en ocasiones me trató incluso peor que a sus propios empleados. ¿Entiendes el peso de esa frase? Peor que a sus empleados. Los empleados recibían órdenes, recibían gritos, recibían el peso de la autoridad de un hombre exigente, pero no recibían lo que yo recibía. Porque lo que mi padre me daba no era disciplina; era desprecio. Y ese desprecio, administrado con constancia durante décadas, fue el cincel con el que Azcárraga Vidaurreta esculpió al hombre que eventualmente sería el Tigre.

Sus propios colaboradores, décadas después, describían mi personalidad con frases que te dejan frío. Valentín Pimstein, el productor de telenovelas que trabajó a mi lado durante décadas, lo resumió en una sola imagen: le dicen el Tigre, porque cuando te abraza te saca sangre. Y mi amigo Otón Vélez tenía su propia versión: te da un zarpazo y luego una lamida. Eso era yo, un hombre capaz de darte todo y de quitártelo en el mismo jodido movimiento. Un hombre que había aprendido de su padre que el amor y la crueldad no son opuestos, que pueden convivir perfectamente y que lo perfeccionó hasta convertirlo en sistema.

Aquí viene lo primero que te prometí. Según el libro El Tigre, Emilio Azcárraga y su imperio Televisa, escrito por los periodistas Claudia Fernández y Andrew Paxman, después de cinco años de investigación y más de doscientas entrevistas, Azcárraga Vidaurreta tenía un apodo para mí, su único hijo varón. Me llamaba el príncipe idiota. No en privado. No en un momento de jodida rabia a puerta cerrada. A la cara. Frente a ejecutivos. Frente a empleados. Frente a cualquiera que estuviera jodidamente presente. El heredero del consorcio más grande de México, llamado idiota por su propio padre delante de todos. Pero eso no era lo único. Azcárraga Vidaurreta también me comparaba constantemente con otro hombre: Fernando Díz Barroso, el esposo de Laura, mi hermana mayor. Díz Barroso era todo lo que el patriarca hubiera querido en un sucesor: brillante, decidido, sin fisuras emocionales, sin ese barniz de sensibilidad que tanto irritaba al fundador. Y mi padre se aseguraba de que yo lo supiera en cada oportunidad. “Mira a Fernando”. “Aprende de Fernando”. “Fernando sí sabe cómo se hacen las cosas”. Cada logro de Díz Barroso era un jodido espejo en el que yo veía mi propio fracaso reflejado. Cada error mío era la confirmación de lo que mi padre siempre había creído.

Y hubo un error que Azcárraga Vidaurreta nunca dejó de recordarme. En 1962, recibí el encargo de construir el estadio más grande de México, un proyecto monumental que sería la sede de la Copa del Mundo de 1970. Era mi gran oportunidad, la posibilidad concreta de demostrar que podía manejar algo a esa escala. Y fracasé. Los costos se desbordaron, los plazos no se cumplieron, los problemas técnicos se multiplicaron como si alguien los hubiera sembrado a propósito. Mi padre tuvo que intervenir. Tuvo que rescatar el proyecto. Tuvo que demostrar una vez más quién era el verdadero empresario de la familia. Y según el libro de Paxman y Fernández, Azcárraga Vidaurreta usó ese fracaso como arma durante años. Cada vez que yo proponía algo ambicioso, cada vez que pedía más responsabilidad, cada vez que me atrevía a opinar, la respuesta era la misma: “Acuérdate del Estadio Azteca”. El estadio eventualmente se terminó, se convirtió en un icono, en el escenario donde Pelé ganó su tercer mundial, donde Maradona hizo el gol que todavía se discute. Pero para mí siempre fue otra cosa. Siempre fue el jodido recordatorio de que mi padre había tenido razón, de que era el príncipe idiota. Esas dos palabras me persiguieron toda la vida. Sesenta años después de escucharlas por primera vez, seguían ahí en cada negocio, en cada demostración de poder, en cada movimiento que hacía. Y lo que mi padre nunca entendió, o quizás sí entendió y le daba igual, es que estaba fabricando exactamente lo que más decía temer: un hombre incapaz de amar sin destruir, un hombre que repetiría ese mismo patrón con cada persona que se le acercara.

Durante el resto de mi vida, crecí con una misión y una sola: demostrar que no era idiota. Me mandaron a estudiar a Estados Unidos, a la Academia Militar Culver en Indiana, con la esperanza de que la disciplina me endureciera, de que el rigor militar hiciera lo que el desprecio paterno no había logrado. No funcionó. A los diecisiete años, conocí a una mujer y abandonó todo lo demás. María Regina Sondú Almada, a quien todos conocían como Gina. Era mexicana, era hermosa y yo me enamoré de ella con la intensidad de alguien que nunca ha sido amado de verdad, porque eso era yo a los diecisiete años: un muchacho rico al que su padre llamaba idiota y que encontró en Gina todo lo que le faltaba. Pero mi padre no aprobaba la relación. Quería que su hijo se concentrara en el negocio, en aprender, en prepararse para un día heredar algo que él no merecía todavía. Y yo, por primera vez en mi vida, desobedecí para demostrar que podía mantener solo, que no necesitaba el dinero ni la aprobación de mi padre. Hice algo que nadie esperaba de mí: empecé a vender enciclopedias de puerta en puerta. La Enciclopedia Británica. El heredero del consorcio mediático más grande de habla hispana, tocando timbres en las casas más acomodadas de la Ciudad de México. Todo por amor. Todo por Gina.

En 1952 finalmente nos casamos. Yo tenía veintidós años, toda la jodida vida por delante y una mujer que me amaba. Ocho meses después, Gina estaba muerta. Un jodido tumor cerebral. Estaba embarazada cuando murió; el bebé también se fue. Perdí a mi esposa y a mi hijo no nato en el mismo momento, a los veintidós años, sin experiencia para cargar con algo así, sin recursos emocionales para procesar una pérdida de esa jodida magnitud. El historiador Andrew Paxman, coautor del libro El Tigre, lo describió con dos palabras que lo explican todo: lo consumió. Algo se rompió dentro de mí en ese momento que nunca volvió a quedar en su lugar. Y lo que siguió fue el primer patrón que definiría toda mi vida: buscar en otras mujeres lo que perdí con Gina. Nunca lo encontré, nunca, pero no dejé de buscar.

Poco después de la muerte de Gina, conocí a Silvia Pinal. Ella era joven, talentosa, llena de vida, apenas comenzando en el espectáculo mexicano. Yo seguía destrozado por dentro, aunque por fuera lo ocultara perfectamente. Nos encontramos en el momento exacto y nos enamoraron. Décadas después, Silvia Pinal hablaría públicamente de esa relación en su autobiografía y en entrevistas con medios de comunicación, y confesó algo que pocas personas se atreven a decir en voz alta a esa edad: que yo fui el amor de su vida. El amor de su vida, ¿entiendes? Pero no pudimos estar juntos. La razón, otra vez, fue el padre. Azcárraga Vidaurreta no quería que su hijo se casara con una actriz mexicana, sin importar lo que esa actriz llegara a ser, sin importar que Silvia Pinal trabajara con Luis Buñuel y se convirtiera en una de las figuras más importantes del cine de su generación. Para el patriarca, yo necesitaba una esposa que sirviera para alianzas, para posicionamiento social, para algo útil, no para el jodido amor. Y tomó la decisión por mí, como si su hijo fuera una pieza en un tablero de ajedrez: arregló el matrimonio con una mujer francesa, Pamela de Zurmón. El 26 de marzo de 1959, en París, en la Iglesia de Saint-Pierre-de-Chaillot, me casé con una mujer que no elegí, con una mujer que mi padre había seleccionado. Mientras Silvia Pinal se quedaba atrás, el amor de su vida sacrificado en el altar de la conveniencia familiar. Silvia y yo seguimos siendo amigos hasta el jodido último día mío, casi cuarenta años de amistad, de encontrarnos en eventos y en fiestas y en reuniones, de saber los dos exactamente lo que pudimos haber tenido y no tuvimos porque alguien más lo decidió por nosotros. ¿Sabes lo que es amar a alguien toda tu vida y no poder estar con esa persona? ¿Sabes lo que es verla en una reunión y saber que entre ustedes hay algo que nunca se cerró? Silvia Pinal supo. Yo también.

En 1980, mientras yo consolidaba mi monopolio y me acercaba a la cima definitiva, algo ocurrió que México no supo durante décadas. Aquí viene lo segundo que te prometí, y necesito que pongas jodida atención porque lo que viene es la parte de esta historia que más duele entender. Paulina Azcárraga, mi hija, una de las tres que tuve con Pamela de Zurmón, una de las tres de ese matrimonio que nunca debió haberse formado. Adolescente, joven, con toda la vida frente a ella. A principios de los años 80, Paulina murió. La versión oficial fue un jodido ataque de asma. Eso es lo que se publicó. Eso es lo que la familia comunicó. Eso es lo que México creyó durante años. Un ataque de asma, una tragedia inesperada, el tipo de jodido accidente cruel que no tiene explicación. Fin de la historia. Siguiente jodida página. Pero no era verdad.

Según el libro El Tigre de Claudia Fernández y Andrew Paxman, basado en testimonios directos de personas que me conocían, la realidad fue completamente diferente. Paulina estaba enamorada de un joven italiano, profunda y desesperadamente enamorada, con ese tipo de amor que solo se siente cuando eres joven y crees con toda jodida sinceridad que el mundo no tiene sentido sin esa persona. Pero su madre, Pamela de Surmont, le prohibió verlo. No sabemos exactamente la razón. Quizá no le gustaba el muchacho. Quizá tenía otros planes para su hija. Quizá simplemente quería controlar su vida de la misma manera que Azcárraga Vidaurreta controló la vida de su hijo. El patrón, siempre el mismo patrón, repitiéndose con una exactitud que asusta. A mí me prohibieron estar con Silvia Pinal; a Paulina le prohibieron estar con su italiano. Generación tras generación, la misma jodida historia con distintos protagonistas. Pero Paulina no era su padre. Ella no se resignó. No aceptó un matrimonio arreglado con alguien que no amaba, no dobló la cabeza, no siguió adelante como si nada. Ella tomó otra decisión. Según el libro de Paxman y Fernández, en lo que pareció un pacto suicida, Paulina me quitó la vida con una sobredosis. De alguna forma, el joven italiano sobrevivió a su propia sobredosis y pudo relatar lo que había ocurrido. Paulina y su novio decidieron quitarse la vida juntos. Ella lo logró. Él sobrevivió y pudo contar la jodida verdad. La hija del Tigre Azcárraga no murió de un ataque de asma. Se quitó la vida porque le prohibieron amar a la persona que amaba. Tenía toda la vida por delante. Era joven. Tenía el apellido más poderoso de México. Tenía acceso a todo lo que el dinero y la influencia pueden ofrecer. Y nada de eso importó, porque lo único que quería, lo único que le daba sentido a levantarse cada mañana, se lo habían arrebatado. Su madre decidió que ese italiano no era para ella, igual que el padre de Emilio decidió que Silvia Pinal no era para él. Igual que el jodido poder siempre termina decidiendo sobre el amor, como si el amor fuera un activo más que administrar.

Y Paulina, a diferencia de su padre, no aceptó. No encontró en otro matrimonio arreglado la forma de seguir adelante. Eligió otra salida. Pero aquí está lo que nadie dice, lo que conecta esta tragedia directamente conmigo y que es lo más difícil de jodidamente digerir. Yo sabía exactamente lo que mi hija estaba sintiendo. No lo intuía. No lo imaginaba. Lo sabía desde adentro, desde la jodida experiencia propia. A mí me quitaron a Silvia Pinal, el amor de mi vida, por la decisión unilateral de mi padre y viví con ese dolor durante cuarenta años. Yo sabía lo que era perder a la persona que amas porque alguien más considera que no te la mereces. Y cuando Pamela le prohibió a su hija ver al joven italiano, yo pude haber intervenido. Pude haber dicho: “Yo sé lo que es esto”. “Yo sé lo que se siente”. “Déjala ser feliz”. Pude haber roto el jodido patrón. Pude haber sido el primer hombre de esa jodida estirpe en interrumpir el ciclo. No lo hice. Se quedó callado. Igual que todos se quedaron callados cuando mi padre me humillaba, igual que yo se quedó callado cuando me arrebataron a Silvia. El silencio, siempre el mismo silencio, pasando de generación en generación como si fuera una jodida herencia más. Y ese silencio mató a Paulina. No solo la prohibición de su madre, sino el silencio de su padre, el hombre que controlaba lo que noventa millones de personas veían y pensaban y creían. Ese hombre que no pudo abrir la puta boca para defender a su propia hija cuando ella más lo necesitó. Eso es lo que el Tigre nunca se perdonó. Eso es lo que cargué hasta la tumba. Recibí la noticia y viajé a donde estaba el cuerpo de Paulina. Y en ese viaje tuve que enfrentarme a una verdad sin escapatoria: yo pude haberlo evitado. Yo sabía exactamente ese jodido dolor y no hice nada.

Según el libro El Tigre, siendo un hombre muy privado, inclinado a guardar secretos de manera casi compulsiva, casi nadie se enteró del torbellino que se suscitó en mi interior al ocurrir la segunda gran tragedia de mi vida. La segunda gran tragedia. La primera había sido Gina, la esposa que murió a los ocho meses de casados. La segunda fue Paulina, mi propia hija. Y yo hice lo que siempre hacía, lo que mi padre me había enseñado sin proponérselo: callar, seguir adelante, no mostrar nada que pudiera leerse como debilidad. Regresó a México sin decirle nada a sus ejecutivos. Siguió trabajando exactamente como si nada hubiera jodidamente pasado, porque eso era lo que hacían los hombres como yo. La versión oficial quedó instalada: ataque de asma. Nadie cuestionó, nadie investigó, nadie preguntó porque era el Tigre y mi palabra era ley en mi empresa y en mi jodida familia. Solo años después revelaron la verdad a dos personas, únicamente dos: el abad de la Basílica de Guadalupe, Guillermo Schulenburg, y Miguel Alemán Velasco, hijo del expresidente y uno de sus socios más cercanos. Nadie más. El dueño de Televisa, el que decidía qué existía y qué no existía como jodida noticia, guardó el secreto más oscuro de su vida hasta que ya no pudo seguir cargándolo solo. Mi hija se había quitado la vida porque le prohibieron amar exactamente como a mí me prohibieron amar a Silvia Pinal. El patrón no solo se repetía; el patrón jodidamente mataba.

Para 1993, Emilio Azcárraga Milmo llegó a la cima que su padre nunca alcanzó. La revista Forbes lo confirmó de manera oficial: era el hombre más rico de América Latina con cinco mil millones de dólares. Más que Carlos Slim en ese momento. Más que cualquier otro empresario del continente. El príncipe idiota había llegado más lejos que su padre, mucho más lejos. Y se aseguró de que todo México lo supiera. Tenía cuatro canales de televisión de cobertura nacional. Tenía la editorial de revistas en español más grande del mundo. Tenía estudios de producción que exportaban telenovelas a más de cien países. Tenía los equipos de fútbol América y Necaxa. Tenía el estadio Azteca, el mismo que casi lo destruyó décadas atrás y que terminó siendo el símbolo más reconocible de su poder. Tenía Univisión en Estados Unidos, la cadena en español más importante del país vecino. Tenía disqueras, agencias de artistas, productoras de cine. Tenía todo lo que se podía tener y decidía con una sola jodida llamada telefónica quién existía en el entretenimiento mexicano y quién desaparecía. Si el Tigre te apoyaba, eras estrella. Si el Tigre te ignoraba, no existías. Así de simple. Así de brutal. Según estudios del Instituto Nacional del Consumidor de esa época, un niño mexicano promedio pasaba cien horas al año frente al televisor. Cien jodidas horas. ¿Sabes cuántas horas pasaba en la escuela? Menos de mil. Los niños de México pasaban más jodido tiempo viendo Televisa que aprendiendo en el salón de clases. Lo que veían, lo que pensaban, lo que creían que era el jodido mundo, lo decidía un solo hombre que tenía una opinión muy clara sobre ellos y sobre sus jodidas familias. Ese año, en una celebración por el éxito internacional de una telenovela, con el micrófono abierto y desbordando la euforia de quien se siente absolutamente intocable, yo dije algo que México no olvidó. Las palabras exactas, registradas y publicadas por varios medios: “México es un país de una clase modesta, muy jodida, que no va a salir de jodida. Para la televisión es una obligación llevar diversión a esa gente y sacarla de su triste realidad y de su futuro difícil”. Y continuó, porque no había terminado: “Los ricos como yo no somos clientes. Porque los ricos como yo no compran ni madres”. Eso pensaba de mi audiencia, de los millones de personas que lloraban con sus telenovelas, de las familias que se reunían frente al televisor cada noche para ver lo que yo había decidido que debían ver. Jodidos que no iban a salir de jodidos. Y yo estaba ahí para entretenerlos mientras seguían siendo pobres, para darles algo con qué jodidamente llenar las horas en lugar de darles algo con qué pensar. Cuando los comentaristas me criticaron durante semanas por esas palabras, alguien de su equipo le sugirió que publicara una aclaración, que se explicara. La respuesta del Tigre fue cuatro palabras: “No doy explicaciones”. Eso era todo lo que la audiencia de México merecía de parte del hombre que vivía de ella.

Adriana Abascal, Miss México 1988. Yo la había conocido cuando ella tenía dieciocho años; yo tenía sesenta. Cuarenta y dos años de diferencia. No me importó. Nada me importaba excepto lo que quería en ese jodido momento. Según el libro El Tigre, Adriana era ambiciosa y sabía perfectamente lo que quería y cómo conseguirlo. Manejó sus piezas en el tablero con precisión, provocando desde múltiples frentes: llamadas que perturbaban, rumores que circulaban, y finalmente, alguien que le tomó fotos cuando estaba con Emilio a bordo del yate y se las envió a Paula Cusí. Paula era mi esposa de veinticinco años, la que había dejado con unas fotos y a quien seguía visitando en secreto mientras me moría. El matrimonio estaba sentenciado desde el origen; no se habían elegido, no había amor real. Estábamos juntos porque un patriarca lo dispuso así y yo era incapaz de serle fiel a una sola mujer. Las infidelidades empezaron casi de inmediato y eran constantes, públicas, humillantes para Pamela de Zurmón. Según múltiples fuentes, incluyendo la investigación de Paxman y Fernández, yo no me molestaba en ocultarlas. No le importaba que Pamela supiera, no le importaba que todo México supiera, era el Tigre, hacía lo que jodidamente quería. Pamela de Zurmón tuvo carácter suficiente para no aguantarlo en silencio y nos divorciamos. Y aquí comenzó otro patrón, quizá el más doloroso de todos: Emilio Azcárraga Milmo tratando a las mujeres exactamente como su padre lo trató a él, como si fueran desechables, reemplazables, útiles solo mientras servían para algo. El príncipe idiota, sin darse cuenta, se había convertido en una versión más jodidamente cruel de su padre. En 1965 me casé de nuevo, esta vez con otra francesa, Nadín Jan. Quizá pensó que la nacionalidad traía jodida suerte. No la trajo. Pero Nadín me dio algo que ninguna otra mujer le había podido dar: un hijo varón, Emilio Azcárraga Jan nació en 1968. El heredero del heredero. La cuarta generación de una dinastía que todavía no sabía cuánto le iba a jodidamente costar su propio apellido. Y la historia se repitió sin variaciones: infidelidades, ausencias, un padre que no estaba. Emilio Azcárraga Milmo, el hombre que sufrió toda su infancia por la ausencia emocional de su padre, se convirtió en un padre ausente. No solo físicamente, aunque también físicamente, sino sobre todo en ese nivel más profundo, el que no se puede jodidamente compensar con dinero ni con apellidos.

En Televisa existía algo que todos conocían pero que nadie mencionaba públicamente: las consentidas del Tigre. Actrices que recibían trato especial, contratos exclusivos, protagónicos en las telenovelas más importantes, jodida protección dentro de la empresa. ¿A cambio de qué? Nadie lo decía en voz alta, pero todos lo entendían perfectamente. Verónica Castro fue una de ellas. Lucía Méndez también. Thalia también. Yo hacía a los cantantes de América Latina, no para que fueran los mejores, sino para que fueran los únicos. No quería talento; quería control total sobre quién existía y quién no. Paula Cusí cumplió cuarenta años y Emilio cumplió su jodida promesa. La cambió no exactamente por dos de veinte, sino por una de dieciocho. Adriana Abascal, la Miss México, la que tenía cuarenta y dos años menos que yo. La exesposa del hombre que dijo que México era un país de jodidos, con lingotes de oro en jodidos paraísos fiscales. Una semana antes de la Navidad de 1993, después de veinticinco años, Paula dejó a Emilio. El Tigre nunca se casó con Adriana, pero ella estuvo a mi lado hasta el jodido final. Y mientras destruía ese matrimonio, Emilio también destruía la relación quizás más irreparable de todas.

Aquí viene lo tercero que te prometí. Laura Azcárraga Milmo, la mayor de los tres hermanos, la favorita histórica de su padre, la que se casó con Fernando Díz Barroso, el jodido hombre que Azcárraga Vidaurreta ponía siempre como ejemplo de lo que su hijo nunca sería. Cuando el patriarca murió en 1972, dividió las acciones de Telesistema Mexicano entre sus tres hijos en partes iguales: Laura, Carmela, Emilio. Yo quedó con el control operativo porque era el varón y así jodidamente funcionaban esas familias. Pero Laura tenía acciones, muchas jodidas acciones, y Emilio las quería todas porque para el Tigre el control parcial nunca era suficiente. En 1993, el mismo año en que dejó a Paula, el mismo año en que declaró que México era un país de jodidos, Emilio acordó comprarle las acciones a su hermana. El precio acordado fue de mil doscientos millones de dólares, pero no tenía ese jodido dinero en efectivo, así que se endeudó y empezó a pagar en cuotas. Al principio todo marchaba, pero los pagos se fueron retrasando, los intereses se acumularon y la deuda que empezó siendo de seiscientos millones creció hasta convertirse en diez veces esa jodida cifra. Lo que había comenzado como un acuerdo entre hermanos se transformó en una guerra que no iba a tener ganadores. Según la revista Quién, una deuda de dinero entre ellos provocó una fractura que nunca más cerró. Nunca más. Esas palabras son importantes en su peso exacto: nunca más. Pero el dinero era solo la superficie. La razón más profunda venía de mucho antes, de cosas que no se podían cuantificar.

Fernando Díz Barroso, el esposo de Laura, el favorito de Azcárraga Vidaurreta, murió el 12 de noviembre de 1965. Un jodido accidente aéreo. Viajaba a una reunión en Acapulco; el avión privado despegó y uno de los motores falló. Los pilotos intentaron un aterrizaje forzoso sobre el lago de Texcoco. Todos murieron. Fernando Díz Barroso tenía treinta y ocho años y su muerte cambió el curso de todo, porque si él hubiera vivido, muy probablemente habría sido él quien heredara el control de Telesistema Mexicano. Era el favorito, era el que Azcárraga Vidaurreta respetaba, el que consideraba a la altura de lo que jodidamente requería el imperio. Pero murió y el camino quedó despejado para el príncipe idiota. Emilio Azcárraga Milmo solo pudo heredar porque el hombre que su padre realmente quería ya no estaba. Laura nunca olvidó eso. Nunca olvidó que su hermano construyó su jodida fortuna en gran medida sobre la historia de un hombre que ya no podía reclamar nada. Y cuando los pagos empezaron a atrasarse, cuando la deuda se multiplicó, cuando se acumuló una vida entera de promesas rotas y decisiones que la dejaron fuera de los jodidos círculos de poder a pesar de ser heredera legítima, todo ese resentimiento encontró su forma definitiva. No era solo el jodido dinero. Era cómo la trataba en las reuniones. Era cómo ignoraba sus opiniones. Era cómo hacía negocios con ella como si fuera una extraña en lugar de su hermana. Era toda una vida de ser tratada como menos. Era ver a su hermano convertirse exactamente en lo que su padre fue, el mismo patrón replicándose sin que nadie pudiera jodidamente detenerlo. Laura nunca perdonó a su hermano. No lo fue a ver. No lo volvió a ver nunca más. El hombre más poderoso de México, cinco mil millones de dólares, noventa millones de televidentes, soldado declarado del partido que gobernó el país durante setenta y un años, capaz de decidir quién gobernaba y quién perdía, y su propia hermana no quiso verlo antes de que muriera. Eso es lo que el jodido poder te compra. Eso es lo que el jodido dinero te da cuando lo has usado durante décadas para destruir en lugar de construir: una muerte en un yate de lujo, solo.

Aquí viene lo cuarto que te prometí, y es lo que más me interesa que jodidamente escuches de toda esta historia. Según el libro El Tigre, en sus últimos momentos de lucidez, Emilio le dijo algo a su hermana Carmela. No a Adriana, la mujer que estaba a su lado oficialmente. No sobre Televisa ni sobre el imperio que había jodidamente construido. No sobre los cinco mil millones que había acumulado. No sobre los presidentes que había ayudado a elegir. Sobre una mujer. Dijo: “Mira, estoy contento porque ya me voy a reunir con Gina”. Gina. La primera esposa. La que murió a los ocho meses de casados en 1952. La que llevaba casi sesenta jodidos años muerta. No dijo Paula. No dijo Adriana. No dijo Silvia. Dijo Gina. La muchacha por la que había vendido enciclopedias de puerta en puerta. La que murió antes de que él se convirtiera en el Tigre, antes de los cinco mil millones, antes de los cuatro matrimonios, antes de las amantes, antes de las humillaciones a los empleados, antes de los jodidos, antes de todo. En su lecho de muerte, el hombre que tuvo cuatro esposas oficiales, que tuvo a Silvia Pinal, el amor de su vida, y no pudo quedarse con ella, que tuvo docenas de amantes, que pudo tener a todas las mujeres que el poder y el jodido dinero son capaces de comprar. Ese hombre, en el momento final, pensaba en una muchacha que murió cuando él tenía veintidós años. La única que nunca pudo reemplazar porque se fue antes de que él pudiera jodidamente destruirla. La única que no lo conoció como el Tigre. La única que lo conoció solo como Emilio, el muchacho que vendía enciclopedias. Y si Gina hubiera vivido, si ese bebé hubiera nacido, si Emilio Azcárraga Milmo hubiera tenido a los veintidós años lo que buscó desesperadamente durante los cuarenta y cuatro años siguientes, nunca lo sabremos. Pero él pensó en eso en su último momento de lucidez. Pensó en lo que pudo haber sido y en todo lo que destruyó en el intento de recuperarlo.