La reina del parto imposible: Mariana de Austria y el vientre que reveló la corrupción de la sangre, LA HORRIBLE VERDAD…
La reina del parto imposible: Mariana de Austria y el vientre que reveló la corrupción de la sangre, LA HORRIBLE VERDAD…

El frío de octubre mordía las calles de Naval Carnero, mientras una joven de apenas 15 años temblaba bajo las pesadas capas de seda y terciopelo que cubrían su cuerpo menudo. Mariana de Austria miraba por la ventana de la casa de la cadena, donde en pocas horas contraería matrimonio con un hombre que podría ser su padre. Más que eso, su propio tío.
Felipe IV de España, tenía 44 años. 29 más que ella, y necesitaba urgentemente un heredero varón que salvara la dinastía de los Habsburgo en España. La historia que había traído a Mariana hasta ese pueblo a las afueras de Madrid era una tragedia en sí misma. Durante años ella había sido educada en Viena para convertirse en reina de España, pero no como esposa de Felipe I, sino de su primo Baltazar Carlos, el príncipe de Asturias. Desde niña, Mariana aprendió castellano, francés y las costumbres de la corte española.
Su madre, la infanta María Ana de Austria, hermana menor de Felipe II, la preparó meticulosamente para ese destino. Pero el 9 de octubre de 1646 todo cambió. El príncipe Baltazar Carlos, de apenas 19 años, murió repentinamente de viruela durante un viaje a Zaragoza. España quedó sin heredero varón. Felipe I, viudo desde 164, tras la мυerte de su primera esposa Isabel de Francia, se encontró en una situación desesperada. Tenía solo un hijo varón legítimo vivo, Juan José de Austria, pero era bastardo, fruto de una de sus muchas infidelidades con la actriz María Calderón.
La solución vino de las mismas redes familiares que habían entrelazado a los Absburgo durante generaciones. Si Mariana ya había sido educada para ser reina de España, ¿por qué no mantener ese destino? simplemente cambiaría de novio. En lugar de casarse con su primo, se casaría con su tío. Para las dinastías europeas del siglo X, el incesto dinástico no era una aberración moral, era una estrategia política. Los Absburgo habían construido su imperio mediante una red de matrimonios consanguíneos que mantenía el poder dentro de la familia.
El lema secreto de la casa era claro. Mejor cazar entre parientes que diluir la sangre imperial con extraños. Mariana recordaba las palabras de su padre, el emperador Fernando Io, cuando le comunicó el cambio de planes. Su voz era firme, pero no cruel, cuando le explicó que debía entender su deber. No estaba casándose por amor, estaba casándose por el imperio. La joven archiduquesa aceptó con la resignación de quien ha sido criada para obedecer. Después de todo, ¿qué otra opción tenía una princesa en esa época?
Su vida nunca le había pertenecido realmente. El viaje desde Viena hasta España había durado meses enteros, una procesión interminable a través de Europa. Mariana partió de la Corte Imperial en agosto de 1648, acompañada por una comitiva de cientos de personas: nobles austriíacos, damas de compañía, sirvientes, guardias, sacerdotes y funcionarios diplomáticos. La caravana avanzaba lentamente, deteniéndose en cada ciudad importante para ceremonias elaboradas. Cruzó el Sacro Imperio Romano Germánico, donde los príncipes electores salían a recibirla con honores. Atravesó los Alpes en pleno invierno, un viaje peligroso que duró semanas con la joven archiduquesa temblando de frío en su carruaje mientras la nieve caía sin cesar.
En el norte de Italia, la comitiva fue recibida con festejos espléndidos en Milán, Genova y otras ciudades bajo control español. Los nobles italianos organizaban banquetes suntuosos, representaciones teatrales, conciertos de música, pero todo este esplendor era superficial. Mariana podía ver la pobreza en las calles, los mendigos que se amontonaban en las esquinas, los edificios deteriorados. El imperio español ya no era lo que había sido. Finalmente, en junio de 1649, después de casi un año de viaje, Mariana llegó a los puertos españoles.
El desembarco fue otro espectáculo elaborado con salvas de cañones, procesiones religiosas y multitudes que aclamaban a la futura reina. Pero detrás del esplendor oficial, Mariana notaba las miradas de lástima de las damas de compañía, los susurros de los cortesanos. Todos sabían la verdad. Estaba siendo sacrificada en el altar de la dinastía. Las damas españolas que se unieron a su séquito hablaban en voz baja sobre Felipe I, sobre su carácter, sobre sus numerosas amantes. Le contaban historias sobre Isabel de Francia, la primera esposa del rey, quien había muerto joven y triste después de años de soportar las infidelidades de su marido.
Mariana escuchaba todo esto con creciente aprensión, pero no podía dar marcha atrás. Su destino estaba sellado. Cuando finalmente conoció a Felipe IV en persona, Mariana intentó ocultar su sorpresa. El rey tenía el cabello gris, la piel pálida y una mirada cansada que hablaba de décadas de guerras, derrotas y desilusiones. España ya no era el imperio invencible de Carlos V. La guerra de los 30 años había terminado el año anterior con la paz de Wesfalia y España había salido humillada.
Los tercios, antes invencibles, habían sido derrotados en Rocroa. Portugal se había revelado y consolidado su independencia. Cataluña había intentado separarse. Las arcas estaban vacías. La población diezmada, la economía colapsada. Felipe IV necesitaba un milagro y ese milagro tenía que salir del vientre de una niña de 15 años. El cronista Pelicer escribió sobre Mariana en aquellos primeros días, que era blanca, rubia, alegre de humor y ocurrente, y que por cara, talle, aire, garbo y agrado tuvo en el aplauso del pueblo por bien merecida la corona.
Pero esa alegría no duraría mucho. El 7 de octubre de 1649, en el oratorio de la Casa de la Cadena de Navalcarnero, Mariana de Austria se convirtió en reina de España. La ceremonia fue solemne, pero breve. No hubo grandes festejos, no porque faltaran recursos para organizarlos, sino porque todos entendían la urgencia del asunto. La noche de bodas llegó con la misma inevitabilidad que el amanecer. Mariana entró en la alcoba nupsial con el corazón latiendo tan fuerte que pensó que todos en el palacio podrían oírlo.
Las damas de compañía la habían preparado, le habían explicado lo que vendría, pero ninguna explicación podía prepararla realmente para ese momento. Felipe I era un hombre experimentado. Había tenido numerosas amantes y varios hijos bastardos. Para él aquella noche era simplemente un deber dinástico más. Para Mariana era el fin de su infancia. Los primeros meses en la corte española fueron difíciles para la joven reina. Aunque hablaba castellano con fluidez, los modales bienes chocaban con las costumbres madrileñas. Las damas españolas la encontraban demasiado directa, demasiado germánica.
Los cortesanos murmuraban que jamás podría reemplazar el recuerdo de Isabel de Francia, la primera esposa de Felipe IV, quien había sido querida por el pueblo. Pero el mayor desafío para Mariana no venía de las intrigas cortesanas, sino de la propia naturaleza de su matrimonio. Felipe IV no le guardaba fidelidad alguna, aunque necesitaba que ella le diera herederos. Eso no significaba que renunciara a sus amantes. Las infidelidades del rey eran notorias y constantes. Mariana, educada en la estricta moral católica de Viena, sufría en silencio cada vez que las criadas murmuraban sobre las últimas conquistas del monarca.
El embajador imperial en Madrid escribió a Viena que la reina parecía envejecer prematuramente, que su alegría inicial se había transformado en una melancolía profunda. Pero había algo que Mariana no podía permitirse, mostrar debilidad. Ella no estaba en España para ser feliz, estaba allí para cumplir una función biológica esencial. Y esa función comenzó apenas unos meses después de la boda. En 1650, cuando Mariana aún no había cumplido 16 años, supo que estaba embarazada. La noticia corrió por toda la corte como un rayo de esperanza.
Se ordenaron misas de acción de gracias en todas las iglesias del reino. Felipe I, por primera vez en meses, mostró genuino interés en su joven esposa. Los médicos reales establecieron un régimen estricto. Mariana debía guardar reposo, evitar emociones fuertes, comer alimentos selectos preparados por cocineros especializados. Las comadronas más experimentadas de Madrid fueron convocadas al palacio. Todo el reino contenía el aliento, esperando el nacimiento de un príncipe que salvara la dinastía. Pero a medida que el embarazo avanzaba, surgieron complicaciones.
Mariana sufría náuseas intensas que no cedían ni con los remedios de los médicos. tenía dolores constantes en el vientre que la hacían llorar en privado. Las piernas se le hinchaban hasta tal punto que apenas podía caminar. Los médicos la sangraban regularmente, creyendo que así equilibrarían sus humores, pero cada sangría la dejaba más débil, más pálida, más cerca del abismo. El parto llegó en julio de 1651. Mariana tenía 16 años y medio. Las contracciones comenzaron al amanecer cuando los primeros rayos de sol apenas iluminaban las ventanas del Alcázar madrileño.
Al principio eran soportables, dolores intermitentes que Mariana intentaba ocultar porque le daban vergüenza. Las damas de compañía experimentadas en estos asuntos reconocieron inmediatamente los signos. y convocaron a las comadronas. La alcoba real fue transformada rápidamente en una sala de parto. Cerraron las cortinas para crear una penumbra reconfortante. Encendieron decenas de velas que llenaban el aire de humo y cera caliente. Colocaron paños limpios, prepararon agua hirviendo. Dispusieron las herramientas de las comadronas, tijeras, cuerdas, aceites especiales. Mariana fue despojada de sus vestidos reales y envuelta en una camisa de lino blanco.
La acostaron en la cama preparada especialmente para el parto, con sábanas que serían destruidas después, porque quedarían manchadas de sangre y otros fluidos. Alrededor de la cama se congregaron las comadronas, las damas de compañía de mayor confianza y los médicos reales. Estos últimos, hombres con largas barbas y túnicas negras, observaban desde una distancia prudente, porque la modestia no permitía que tocaran directamente a la reina. Las contracciones se intensificaron gradualmente. Al mediodía, Mariana ya gritaba entre dolores. Las comadronas la animaban, le decían que empujara, que respirara, que rezara.
Una de ellas masajeaba su vientre con aceites aromáticos. Otra le sostenía las manos mientras ella apretaba con fuerza suficiente para dejar marcas. El tiempo se volvió elástico. Cada minuto parecía durar una eternidad. Los gritos de Mariana resonaban por los pasillos del Alcázar, llegando hasta las salas donde los cortesanos esperaban noticias. Felipe IV esperaba en una sala contigua, paseando de un lado a otro con manos temblorosas. Por primera vez en años parecía genuinamente preocupado, no solo por el heredero que esperaba, sino también por la joven que sufría al otro lado de esa puerta.
Los cortesanos que lo rodeaban intentaban distraerlo con conversación, pero el rey apenas respondía. Cada grito de Mariana le hacía dar un respingo. A medida que las horas pasaban y el parto no avanzaba, los médicos comenzaron a preocuparse seriamente. Consultaban entre ellos en voz baja, revisaban sus libros de medicina, discutían sobre qué hacer. El bebé parecía estar mal posicionado. Las comadronas, con sus manos expertas, intentaban reposicionarlo desde fuera, presionando el vientre de Mariana, de maneras que la hacían gritar aún más fuerte.
consideraron usar forceps, instrumentos de hierro que podían ayudar a extraer al bebé, pero también podían causar daños terribles tanto a la madre como al niño. A las 4 de la tarde, después de 9 horas de trabajo de parto, los gritos de Mariana se volvieron más agudos, más desesperados. Algo iba mal. Las comadronas murmuraban entre ellas con caras preocupadas. Los médicos se acercaron más, rompiendo las normas de modestia. Uno de ellos, el más anciano y experimentado, examinó a Mariana brevemente y luego se retiró para hablar con sus colegas.
La decisión era terrible. Si el parto no progresaba pronto, podrían tener que elegir entre salvar a la madre o al bebé. Las leyes de la época eran claras. Si había que elegir, se debía salvar al bebé, especialmente si era varón, porque el bebé podía ser bautizado y salvar su alma, mientras que la madre ya estaba bautizada. Finalmente, después de 4 horas de dolor extremo, el bebé nació. Era una niña. La decepción en la sala fue palpable. No el varón que todos esperaban, sino otra infanta.
La llamaron Margarita Teresa. Mariana, exhausta y sangrando, apenas pudo sostener a su hija antes de desmayarse. Los médicos trabajaron durante horas para detener la hemorragia. Por un momento, pareció que la reina no sobreviviría al sobreparto, pero su cuerpo joven, aunque frágil, resistió. Cuando finalmente despertó dos días después, lo primero que preguntó fue por su hija. Le dijeron que la niña estaba bien, que era sana y fuerte, pero Mariana podía leer la verdad en los rostros de todos.
Había fallado. No había dado a luz al heredero que España necesitaba. Felipe IV visitó brevemente a su esposa e hija, pero su indiferencia era evidente. Una niña no resolvía el problema sucesorio. España aún no tenía príncipe de Asturias. Apenas unas semanas después del parto, cuando Mariana aún se recuperaba, los médicos ya estaban planificando el siguiente embarazo. No había tiempo que perder. La reina tenía que volver a intentarlo. Los años siguientes se convirtieron en un calvario médico para Mariana de Austria.
Su cuerpo joven se transformó en un campo de batalla donde se libraba la guerra por la supervivencia dinástica de los Absburgoespañoles. Entre 1651 y 1661, Mariana tuvo seis embarazos documentados en apenas 10 años. Pero la cifra real probablemente fue mayor. Los documentos de la época mencionan abortos involuntarios que no fueron registrados oficialmente. Embarazos que terminaron en los primeros meses sin que nadie más allá de la corte inmediata lo supiera. La consanguinidad extrema entre Mariana y Felipe IV comenzaba a mostrar sus terribles consecuencias.
El segundo embarazo llegó en 1653, apenas dos años después del primer parto traumático. Mariana todavía no se había recuperado completamente física ni emocionalmente. Su cuerpo aún mostraba las marcas del primer parto. Estrías profundas en el vientre, debilidad persistente en la espalda, dolores que aparecían sin previo aviso. Pero las presiones de la corte eran implacables. España necesitaba un heredero varón y cada mes que pasaba sin un nuevo embarazo, generaba murmuraciones y especulaciones. Los cortesanos comenzaban a preguntarse si la joven reina sería capaz de cumplir su función más importante.
Esta vez Mariana estaba más preparada mentalmente, o al menos eso creía. Sabía qué esperar del dolor. Conocía los protocolos médicos, entendía las expectativas. Había sobrevivido al primer parto, podría sobrevivir al segundo. Pero lo que no esperaba, lo que nadie podía prever, era la enfermedad. A mediados del embarazo, cuando su vientre comenzaba a mostrar signos evidentes de la gestación, Mariana contrajo Viruela. La enfermedad llegó sin aviso, como solía suceder en aquella época. Primero sintió fiebre alta que la dejaba delirando en su cama.
Luego aparecieron las erupciones características, pequeñas pústulas que cubrieron su rostro, cuello y brazos. El dolor era insoportable, como si su piel estuviera siendo quemada desde dentro. La viruela en una mujer embarazada era particularmente peligrosa. Los médicos sabían que la enfermedad podía matar tanto a la madre como al bebé. Las estadísticas de la época mostraban que más de la mitad de las mujeres embarazadas que contraían viruela morían y casi todos los bebés morían también, ya fuera durante la enfermedad o en un parto prematuro causado por las complicaciones.
Mariana fue aislada inmediatamente en sus aposentos privados. Solo las damas de compañía más leales y valientes se atrevían a entrar para cuidarla. arriesgando sus propias vidas. Los médicos la visitaban regularmente, pero no tenían tratamiento efectivo. La medicina del siglo X ante la viruela era primitiva y a menudo contraproducente. La cubrían con mantas pesadas para provocar su doración, creyendo que así expulsaría la enfermedad a través de los poros. El resultado era que Mariana sufría calor insoportable, además de la fiebre ya alta.
La sangraban repetidamente, abriendo venas en sus brazos para dejar salir lo que consideraban sangre corrupta. Cada sangría la dejaba más débil, más pálida, más cerca del colapso. Le daban brevajes de hierbas amargas que la hacían vomitar violentamente. El vómito, combinado con la fiebre y la deshidratación la llevó al borde de la мυerte en varias ocasiones. Durante semanas, Mariana estuvo postrada en cama, alternando entre momentos de lucidez y periodos de delirio febril. En sus delirios llamaba a su madre muerta, rogaba que la llevaran de vuelta a Viena, suplicaba que terminara el dolor.
Las damas de compañía, que la cuidaban lloraban en silencio, convencidas de que la reina no sobreviviría. Felipe I, aterrorizado ante la posibilidad de perder tanto a su esposa como al bebé que llevaba dentro, ordenó mis constantes en todas las iglesias de Madrid. Llevaron reliquias sagradas al Alcázar, fragmentos de huesos de santos, pedazos de la verdadera cruz, imágenes milagrosas, las colocaron alrededor de la cama de Mariana, esperando un milagro divino. Y de alguna manera, contra todas las probabilidades, el milagro pareció llegar.
Después de tres semanas de agonía, la fiebre comenzó a ceder. Las pústulas empezaron a secarse y formar costras. Mariana, exhausta hasta niveles inimaginables, comenzó a recuperarse lentamente, pero la enfermedad dejó marcas permanentes que llevó el resto de su vida. El rostro de Mariana, antesterso y juvenil, quedó marcado por cicatrices de viruela. Su alegría inicial se transformó en una seriedad permanente. Las damas de compañía notaron que la reina ya no sonreía con facilidad, que pasaba horas en la capilla rezando con una intensidad casi desesperada.
El parto llegó en diciembre de 1655. Después de horas de trabajo de parto, nació otra niña. La llamaron María Ambrosía de la Concepción. Pero la tragedia llegó apenas días después. La bebé enfermó rápidamente y murió sin llegar a cumplir una semana de vida. Mariana entró en un estado de shock que preocupó gravemente a los médicos. No quería comer, apenas hablaba, pasaba días enteros en la capilla. El trauma del parto, combinado con la pérdida de la hija, casi la mata.
Las cartas de Mariana a su amiga íntima en Viena, Johana Teresia von Harrach, revelan la profundidad de su sufrimiento. Escribía sobre dolores constantes en el vientre, sobre hemorragias que duraban semanas, sobre una debilidad física que la hacía sentir como si la vida se le escapara lentamente. Los médicos la diagnosticaron con melancolía, una enfermedad que, según la medicina de la época afectaba especialmente a las mujeres después del parto. Le prescribieron más sangrías, más purgas, más remedios que solo la debilitaban más.
Durante meses pareció que Mariana no se recuperaría, pero Felipe I necesitaba un heredero y las presiones sobre la reina eran implacables. En cuanto los médicos consideraron que su cuerpo había sanado lo suficiente, se esperaba que volviera a embarazarse. El tercer embarazo documentado comenzó en 1656. Esta vez Mariana estaba aterrorizada. Había enterrado a una hija. Había sufrido dos partos extremadamente difíciles. Su cuerpo estaba débil, pero no tenía elección. Durante este embarazo desarrolló dolores de cabeza tan severos que la dejaban ciega temporalmente.
Las jaquecas, que la acompañarían el resto de su vida se volvieron casi constantes. Los médicos no entendían su origen. Hoy sabemos que probablemente sufría de preclamsia, una condición potencialmente mortal relacionada con la hipertensión durante el embarazo. Pero en el siglo X simplemente la sangraban más, creyendo que así reducirían la presión en su cabeza. El resultado era que Mariana estaba constantemente anémica, constantemente débil, constantemente al borde del colapso. Y entonces, finalmente, llegó el milagro que todos esperaban. El 28 de noviembre de 1657, Mariana dio a luz a un varón.
Lo llamaron Felipe Próspero. La alegría en la corte fue indescriptible. Se ordenaron tres días de fiesta en todo el reino. Se acuñaron monedas especiales. Los poetas escribieron odas. Felipe IV, por primera vez en años pareció genuinamente feliz. España tenía un príncipe de Asturias. La dinastía estaba salvada, pero la celebración fue prematura. Desde el momento de su nacimiento, Felipe Próspero mostró signos alarmantes de debilidad. Era un bebé anormalmente pequeño, con la piel pálida y los ojos hundidos. lloraba constantemente, pero sin fuerza, como si incluso el simple acto de respirar le costara un esfuerzo inmenso.
Las nodrizas notaron que tenía dificultades para alimentarse. Los médicos observaron que su cabeza parecía desproporcionadamente grande para su cuerpecito frágil. A medida que pasaron las semanas y meses, la situación de Felipe Próspero no mejoró, al contrario, empeoró. Los retratos del niño, especialmente el famoso cuadro pintado por Velázquez cuando el príncipe tenía dos años, muestran a un niño enfermizo, cubierto de amuletos religiosos cosidos a su ropa. La superstición de la época creía que los talismanes y reliquias podían proteger al frágil heredero.
Los médicos probaron todo. Sangrías, purgas, brevajes de hierbas, baños en aguas especiales. Nada funcionaba. El niño sufría convulsiones regulares, tenía dificultades para caminar. Su desarrollo era claramente anormal, pero era el único heredero varón y todos se aferraban a la esperanza de que sobreviviera. Mariana vivía en un estado de ansiedad constante. Pasaba horas junto a la cuna de su hijo rezando, vigilando cada respiración. Las cartas que escribía a Viena hablaban de su terror. ¿Qué pasaría si Felipe próspero moría?
Tendría que volver a intentarlo, volver a quedar embarazada, volver a sufrir otro parto terrible, volver a arriesgar su propia vida por la dinastía. Y efectivamente, en 1658, cuando Felipe Próspero apenas tenía un año, Mariana quedó embarazada nuevamente. Este embarazo fue particularmente difícil. Su cuerpo, debilitado por los partos anteriores, apenas podía sostener al nuevo bebé. Tenía dolores constantes, hemorragias intermitentes que aterrorizaban a los médicos. El parto llegó en diciembre de 1658. Nació otro varón, Fernando Tomás. Por un momento, España tuvo dos príncipes, pero Fernando Tomás era aún más débil que su hermano mayor.
Murió antes de cumplir un año, en 1659. Mariana, que había sufrido un parto extremadamente difícil, perdió a su hijo cuando apenas se había recuperado físicamente. El golpe emocional fue devastador. En sus cartas, Mariana escribió que no podía imaginar cuánto había sufrido el niño y que los médicos, con sus tratamientos constantes, lo habían atormentado hasta mandarlo a la tumba. La situación en la corte española se volvió desesperada. Felipe Próspero estaba vivo, pero claramente no viviría mucho tiempo. Mariana había perdido tres de sus cinco hijos.
Su salud estaba destruida. Tenía 25 años, pero parecía una mujer de 40. Su rostro marcado por la viruela, mostraba las líneas profundas del sufrimiento constante. Sus ojos, antes brillantes, se habían vuelto opacos y tristes. Las damas de compañía murmuraban que la reina había envejecido décadas en pocos años y sin embargo, las presiones sobre ella no disminuyeron. Felipe I, consciente de que el tiempo se agotaba tanto para él como para Felipe Próspero, insistió en que Mariana intentara otro embarazo.
La reina, exhausta física y emocionalmente, no tenía fuerzas para resistir. Su cuerpo ya no le pertenecía. Era propiedad del Estado, un instrumento para producir herederos sin importar el costo para ella. El sexto y último embarazo de Mariana comenzó en 1660. Para entonces, Felipe Próspero estaba claramente muriendo. El niño, que nunca había sido fuerte, se deterioraba visiblemente. Tenía convulsiones cada vez más frecuentes. Ya no podía caminar sin ayuda, apenas podía hablar. Los médicos sabían que era cuestión de tiempo y Mariana, embarazada nuevamente vivía con el conocimiento terrible de que su hijo mayor moriría probablemente antes de que naciera el siguiente.
La tragedia se desarrolló exactamente como todos temían. El primero de noviembre de 1661, Felipe Próspero murió. Tenía 3 años y 11 meses. Había sido príncipe de Asturias durante toda su corta vida, pero nunca tuvo la fuerza para cumplir su destino. Mariana estaba devastada. En sus cartas escribió palabras desgarradoras sobre cómo el niño había sufrido, cómo los médicos lo habían torturado con sus tratamientos inútiles, pero no tuvo tiempo para llorar adecuadamente. 5co días después de la мυerte de Felipe Próspero, el 6 de noviembre de 1661, Mariana entró en trabajo de parto.
El parto del sexto hijo de Mariana de Austria ocurrió bajo las circunstancias más sombrías imaginables. Mientras el cuerpo de Felipe Próspero aún no había sido trasladado a su tumba en el Escorial, mientras la corte estaba de luto riguroso, la reina estaba dando a luz en medio de contracciones que parecían querer arrancarle la vida. La alcoba real estaba envuelta en una atmósfera de tensión insoportable. Las comadronas y médicos trabajaban frenéticamente, conscientes de que este bebé era literalmente la última esperanza de la dinastía.
Felipe IV tenía 56 años, Mariana 27. Si este niño moría, si este niño era otra niña, si algo salía mal, todo habría sido en vano. El parto duró horas. Mariana, debilitada por años de embarazos consecutivos, apenas tenía fuerzas para empujar. Los médicos consideraron seriamente la posibilidad de sacrificar al bebé para salvar a la madre, pero eso habría significado el fin de la dinastía. Finalmente, cuando la luz del atardecer comenzaba a filtrarse por las ventanas, el bebé nació.
Era un varón. Lo primero que notaron fue su aspecto. El niño era extraño, profundamente extraño. Su cabeza estaba cubierta de costras y era desproporcionadamente grande. Su cuerpo era débil y pequeño. Tenía dificultades para respirar. Las comadronas lo envolvieron rápidamente en mantas, intentando ocultar su aspecto del rey y de los cortesanos que esperaban ansiosos. Lo llevaron inmediatamente a ser bautizado, completamente cubierto, porque temían que muriera en cualquier momento. Lo llamaron Carlos. En sus primeros días de vida, nadie esperaba que sobreviviera.
Los médicos observaban con preocupación como el bebé apenas podía succionar, como su llanto era débil y apagado, como su piel tenía un tono enfermizo. Pero contra todas las expectativas, Carlos no murió. sobrevivió las primeras semanas, luego los primeros meses. Mariana, que había escrito a Viena que este era el hijo más grande y sano que había tenido, pronto descubriría la amarga ironía de sus palabras. Carlos estaba vivo, pero de ninguna manera era sano. A medida que el niño crecía, sus problemas se volvieron cada vez más evidentes y alarmantes.
A los 6 meses, cuando la mayoría de los bebés comienzan a sentarse y explorar el mundo con curiosidad, Carlos apenas podía sostener su enorme cabeza. Su cuello parecía demasiado débil para soportar el peso y la cabeza se le caía hacia un lado o hacia atrás si no estaba apoyado constantemente. A un año, cuando otros niños empiezan a caminar dando sus primeros pasos tambaleantes, Carlos ni siquiera podía gatear. Sus brazos y piernas parecían tener fuerza suficiente para sostener su cuerpo.
Las nodrizas tenían que cargarlo constantemente y notaban con preocupación que el niño parecía no tener tono muscular normal. A los dos años, cuando debería estar hablando con frases simples, Carlos apenas emitía sonidos ininteligibles. Su lengua, demasiado grande para su boca deformada, le impedía articular sonidos correctamente. Las pocas palabras que intentaba pronunciar salían distorsionadas, incomprensibles incluso para quienes pasaban todo el día con él. Los médicos estaban desconcertados y aterrorizados por lo que veían. Nunca en la historia de la medicina española habían documentado un caso con tantos problemas simultáneos y tan severos.
Consultaban libros antiguos de medicina, escribían cartas a colegas en otras cortes europeas, convocaban a los médicos más famosos de Italia y Francia, pero nadie tenía respuestas satisfactorias. Algunos sugerían que el niño había sido afectado por la posición de los astros en el momento de su nacimiento. Otros creían que Mariana había cometido algún pecado durante el embarazo que había maldecido al bebé. Los más supersticiosos murmuraban sobre brujería y hechizos, pero el problema más visible, el que no se podía ocultar a nadie que viera al niño, era su rostro.
Carlos había heredado en su forma más extrema y exagerada el rasgo característico de los Absburgo, la mandíbula prominente, conocida médicamente como prognatismo mandibular. Su mandíbula inferior sobresalía tanto más allá de la superior que no podía cerrar la boca correctamente. Los dientes superiores e inferiores no se encontraban cuando intentaba cerrar la boca, dejando un espacio considerable entre ellos. La lengua, demasiado grande para su boca mal formada, colgaba constantemente fuera, dándole una apariencia grotesca que horrorizaba a quienes lo veían por primera vez.
Esto le causaba problemas constantes y debilitantes. No podía masticar adecuadamente la comida, por lo que tenía que comer solo alimentos blandos o líquidos. Bababá continuamente, lo que requería que los sirvientes le limpiaran la boca cada pocos minutos. tenía dificultades extremas para hablar y cuando finalmente aprendió a pronunciar algunas palabras, su voz era incomprensible para la mayoría de las personas. Solo quienes pasaban mucho tiempo con él aprendían a interpretar sus sonidos distorsionados. Pero había algo más profundo, algo que los médicos del siglo X no podían entender completamente, pero que era terriblemente visible.
Carlos era el producto final de generaciones de consanguinidad extrema que había durado casi dos siglos. Su árbol genealógico no era un árbol en absoluto, era un laberinto enmarañado donde los mismos nombres aparecían una y otra vez en cada generación. Felipe IV era su padre, pero también era su tío abuelo por múltiples líneas diferentes. Mariana de Austria era su madre. Pero también era su prima segunda por dos líneas distintas. De los 16 bisabuelos diferentes que Carlos debería haber tenido si su familia hubiera seguido patrones de matrimonio normales, solo tenía ocho nombres diferentes.
E incluso entre esos ocho, algunos aparecían múltiples veces en diferentes posiciones del árbol genealógico. Dos de sus tatarabuelos, Felipe Primero de Castilla y Juana de Castilla, aparecían seis veces en su árbol genealógico. Carlos Priero de España, su tatar abuelo, aparecía cuatro veces. Felipe II aparecía tres veces. Los genetistas modernos que han estudiado el caso de Carlos Segi han calculado que tenía un coeficiente de consanguinidad del 25.4%. Para poner esto en perspectiva, el hijo de dos primos hermanos tiene un coeficiente de consanguinidad del 6.25%.
El hijo de dos hermanos tiene un coeficiente de consanguinidad del 25%. Carlos II tenía un nivel de consanguinidad casi equivalente al que tendría si sus padres hubieran sido hermanos. Las consecuencias genéticas de esta consanguinidad extrema se manifestaban en cada aspecto de su desarrollo. Carlos tenía hidrocefalia, acumulación de líquido en el cerebro que explicaba su cabeza desproporcionadamente grande. Sufría probablemente de deficiencia de hormona pituitaria, lo que afectaba su crecimiento y desarrollo sexual. tenía acidosis tubular renal que causaba problemas metabólicos y debilidad muscular.
Es posible que tuviera también el síndrome X frágil, que explicaría sus problemas cognitivos. Algunos médicos modernos han sugerido incluso aspartil glucosaminuria, una enfermedad metabólica rara que se vuelve más común en poblaciones con alta consanguinidad. Pero en 1665, cuando Carlos tenía 4 años, nadie entendía realmente qué le pasaba. Solo sabían que el heredero del imperio español más vasto del mundo era un niño que no podía caminar, no podía hablar y probablemente nunca podría gobernar. Y entonces, el 17 de septiembre de 1665, Felipe I murió.
Carlos, con apenas 4 años se convirtió en Carlos II, rey de España. Y Mariana de Austria, con 31 años se convirtió en regente. Para Mariana, que había sufrido seis embarazos en 10 años, que había perdido tres hijos, que había visto morir a Felipe Próspero días antes del nacimiento de Carlos, que había sacrificado su salud y su juventud por la dinastía, ahora comenzaba un nuevo Calvario. Gobernar España en nombre de un hijo que claramente nunca sería capaz de gobernar por sí mismo.
El testamento de Felipe IV establecía que Mariana gobernaría con la ayuda de una junta de gobierno, pero en la práctica ella quedó como única autoridad real y lo que encontró fue un desastre. España en 1665 era una sombra de lo que había sido bajo Carlos V o incluso bajo Felipe II. Las arcas estaban vacías, endeudadas hasta niveles insostenibles. La población había disminuido drásticamente debido a guerras, epidemias y emigración a América. La agricultura estaba en crisis, la industria casi había desaparecido.
Los territorios en Europa se estaban perdiendo uno tras otro ante Francia, Inglaterra y los Países Bajos. Y para colmo, Mariana enfrentaba la hostilidad constante de Juan José de Austria, el hijo bastardo de Felipe I, quien consideraba que él, no Carlos, debería ser rey. Juan José era todo lo que Carlos nunca sería. Fuerte, inteligente, carismático, capaz. Muchos en la corte pensaban secretamente que España estaría mejor con él en el trono, pero era ilegítimo y Mariana estaba determinada a proteger el derecho de su hijo.
Los años de regencia de Mariana fueron una sucesión constante de crisis. En 1667, Luis XIV de Francia invadió los países bajos españoles en lo que llamó la guerra de devolución, reclamando territorios en nombre de su esposa María Teresa, hermana mayor de Carlos II. España, militarmente débil y financieramente arruinada, no pudo defenderse adecuadamente. La guerra terminó con el tratado de Akisgran en 1668. donde España perdió más territorios. Pero la verdadera batalla de Mariana no era contra potencias extranjeras, sino dentro de la propia corte española.
Se había apoyado inicialmente en su confesor, el padre jesuita austríaco Juan Everardo Nitard, convirtiéndolo efectivamente en primer ministro. Esta decisión provocó la furia de la nobleza española que veía a Nittard como un extranjero que no entendía España. Juan José de Austria lideró la oposición llegando incluso a amenazar con un golpe militar. Finalmente, en69, Mariana tuvo que sacrificar a Nitard enviándolo de vuelta a Austria, pero perdió su principal apoyo. Mariana cayó bajo la influencia de otro favorito, Fernando de Valenzuela, un noble español de orígenes humildes, pero gran ambición.
Valenzuela se convirtió en el nuevo hombre fuerte de la regencia, acumulando poder y riqueza de manera escandalosa. Los nobles lo odiaban aún más que a Nittart. Juan José de Austria intensificó su campaña contra Mariana, presentándose como el salvador que España necesitaba. Y mientras tanto, Carlos crecía, si es que se podía llamar crecimiento, a lo que le pasaba. A los 5 años, finalmente logró caminar, pero de manera tambaleante e inestable. A los 9 años, apenas podía leer y escribir.
Su cabeza seguía siendo desproporcionadamente grande. Su mandíbula prominente le impedía hablar con claridad. Su cuerpo era débil y enfermizo. Sufría convulsiones regulares que los médicos no podían controlar. tenía accesos de ira inexplicables. Su desarrollo cognitivo estaba claramente Mariana vivía en un estado de negación parcial, en público. Insistía en que Carlos sería un gran rey cuando alcanzara la mayoría de edad. En privado sabía la verdad. Su hijo, por quien había sufrido tanto, por quien había arriesgado su vida una y otra vez, nunca sería capaz de gobernar realmente.
Toda su dedicación, todos sus embarazos, todos sus partos dolorosos, todo había sido para producir un heredero que era una trágica demostración del fracaso de la política matrimonial de los Absburgo. En 1673, Mariana sufrió otro golpe devastador. Su hija mayor, Margarita Teresa, que se había casado con el emperador Leopoldo Iru en Viena, murió a los 22 años después de dar a luz a su cuarta hija. Margarita había sido la única de los hijos de Mariana que había crecido sana y normal.
Su мυerte dejó a Mariana con solo dos hijos vivos. Carlos, el rey enfermizo, y los recuerdos de todos los que había perdido. En 1675, Carlos cumplió 14 años y técnicamente alcanzó la mayoría de edad. Mariana intentó extender su regencia argumentando que su hijo no estaba preparado para gobernar, lo cual era evidentemente cierto. Pero Carlos, manipulado por los enemigos de su madre, especialmente Juan José de Austria, insistió en asumir el poder. Fue un momento humillante para Mariana. Después de 10 años de gobernar España, de tomar decisiones imposibles, de enfrentar crisis tras crisis, fue obligada a retirarse.
Se retiró al convento de las descalzas reales en Madrid, vistiéndose como monja, aunque nunca tomó los votos. Tenía 41 años, pero parecía una anciana. Su cabello, oculto bajo las tocas de viuda que usaba permanentemente, se había vuelto completamente gris. Su rostro, marcado por la viruela y arrugado por el estrés, mostraba cada uno de los sufrimientos que había padecido. Pero su calvario aún no había terminado. Los últimos 20 años de vida de Mariana de Austria fueron un lento descenso hacia la amargura y el dolor físico.
Desde su retiro forzado en 1675 observó impotente como su hijo Carlos II, el rey, por quien había sacrificado todo, se convertía en el azre de las cortes europeas. Los diplomáticos extranjeros enviaban a sus países descripciones despiadadas del monarca español. El embajador francés escribió que Carlos tenía la apariencia de un espectro con la piel amarillenta, los ojos hundidos, la lengua colgando de su boca deformada. El enviado inglés informó que el rey apenas podía caminar sin ayuda, que tenía dificultades para sostener su propia cabeza, que hablaba de manera casi ininteligible.
El nuncio papal describió sus convulsiones regulares, sus cambios de humor extremos, su incapacidad para concentrarse en los asuntos de estado. Pero el problema más grave para la supervivencia de la dinastía era evidente para todos. Carlos necesitaba casarse y producir herederos. En 1667, cuando Carlos tenía 17 años, se concertó su matrimonio con María Luisa de Orleans, sobrina de Luis XIV de Francia. La boda fue un espectáculo grotesco. Carlos, que nunca había tenido educación sexual adecuada debido a su retraso mental, no entendía realmente lo que se esperaba de él.
María Luisa, una joven de 17 años educada en la sofisticada corte francesa, quedó horrorizada al conocer a su marido. En cartas a su familia en Francia, describió a Carlos como repugnante, con aliento pútrido debido a sus problemas dentales, incapaz de una conversación coherente, físicamente débil, hasta el punto de ser patético. Pero lo peor era la alcoba nupsial. Carlos sufría de eyaculación precoz y probablemente de azospermia, la ausencia completa de espermatozoides en su semen. Los médicos de la corte, desesperados por lograr un embarazo, prescribieron todo tipo de remedios, dietas especiales, pociones de hierbas, oraciones específicas, incluso actos de magia que bordeaban la herejía.
Nada funcionaba. Año tras año, María Luisa no quedaba embarazada. Toda Europa esperaba, observaba, especulaba. ¿Sería Carlos impotente? ¿Sería estéril? O quizás el problema era de la reina francesa. Los médicos examinaron a María Luisa repetidamente, pero no encontraron nada anormal en ella. El problema claramente estaba en Carlos. Después de 10 años de matrimonio sin hijos, en 1689, María Luisa murió repentinamente a los 27 años. Las circunstancias de su мυerte fueron sospechosas. Algunos sugirieron envenenamiento, otros hablaron de apendicitis.
Pero la verdad era que la joven reina había vivido 10 años de infelicidad extrema, atrapada en un matrimonio con un hombre que era más niño que adulto, incapaz de darle hijos, sujeto a escándalos constantes en la corte. Mariana, observando todo esto desde su retiro, sufría profundamente. Sabía exactamente de qué era culpable. Ella y Felipe I, al casarse siendo tío y sobrina, habían condenado a su hijo a esta vida miserable. Toda la política matrimonial de los Absburgo, generaciones de casamientos entre primos, tíos con sobrinas, hermanos con cuñadas, había culminado en este desastre genético llamado Carlos Segi y no había manera de ocultarlo.
Todo el mundo podía ver la evidencia de la corrupción de la sangre real. En 1690, Carlos se casó por segunda vez, ahora con Mariana de Neoburgo, una princesa alemana de 23 años. Esta nueva reina era muy diferente a María Luisa. Tenía un carácter fuerte, ambicioso y no estaba dispuesta a aceptar pasivamente su destino. Mariana de Neoburgo y Mariana de Austria, suegra y nuera, se convirtieron en enemigas acérrimas. La joven reina culpaba a la reina viuda de haber arruinado la dinastía con su consanguinidad.
La reina viuda consideraba a la nueva reina una advenediza sin respeto por la tradición. Sus peleas eran legendarias en la corte. Se enviaban mensajes insultantes, se negaban a asistir a los mismos eventos, competían por la influencia sobre el débil rey Carlos. La joven reina Mariana promovió la candidatura austríaca para la sucesión española, apoyando a su cuñado, el archiduque Carlos. La reina viuda Mariana, en cambio, defendía la candidatura de su bisnieto, José Fernando de Baviera, hijo de su difunta hija Margarita Teresa.
Estas disputas sucesorias no eran abstractas. Con cada año que pasaba, quedaba más claro que Carlos II nunca tendría hijos. Su segundo matrimonio resultó tan infructuoso como el primero. Los médicos intentaron todo, pero era inútil. Carlos simplemente no era capaz de engendrar. Y esto significaba que la dinastía de los Absburgos en España, que había gobernado desde 1516, que había construido el imperio donde nunca se ponía el sol, iba a extinguirse con este rey patético que no podía ni siquiera producir un heredero.
Mientras tanto, Mariana enfrentaba sus propias batallas. En 1692, su nieta María Antonia de Austria, hija de Margarita Teresa, murió en Baviera. Mariana había puesto todas sus esperanzas en que el hijo de María Antonia, el pequeño José Fernando, heredara España. Ahora, con la madre muerta, el niño quedaba huérfano de madre y dependía del capricho de las potencias europeas. Pero el golpe más duro para Mariana fue físico. En 1693 le diagnosticaron cáncer de mama. El tumor creció rápidamente, convirtiéndose en lo que la medicina de la época llamaba un saratán.
Era extremadamente doloroso y no tenía cura. Los médicos intentaron todo. Cataplasmas, sangrías, oraciones. Llevaron al Alcázar el cuerpo de San Isidro y la imagen de la Virgen de Atocha esperando un milagro. Pero no hubo milagro. El tumor siguió creciendo hasta alcanzar, según los cronistas de la época, el tamaño de la cabeza de un niño de 7 años. Durante 3 años, Mariana vivió con este dolor insoportable. El cáncer consumía su cuerpo lentamente, pero su mente permanecía clara. Pasaba sus días en oración, escribiendo cartas a familiares en Viena, tratando de influir en la cuestión sucesoria desde su lecho de enferma.
En sus últimas cartas hablaba de su bisnieto José Fernando con un amor desesperado, llamándolo el único consuelo que le quedaba en la vida. Pero incluso eso le sería negado. José Fernando moriría en 1699, a los 7 años, probablemente envenenado en las intrigas que rodeaban la sucesión española. Mariana de Austria murió el 16 de mayo de 1696, a los 61 años. La мυerte llegó como un alivio después de años de sufrimiento. El cronista varón de Baumgarten describió la escena.
Mariana falleció exactamente a las 12:15 de la noche, en el preciso momento en que se hacía más visible un eclipse de luna. El simbolismo no pasó desapercibido para los cortesanos supersticiosos. La luz de la reina se extinguía mientras la luna se oscurecía. fue enterrada en el panteón real del Escorial junto a Felipe IV y junto a los hijos que había perdido. Su funeral fue solemne pero breve. Carlos Segi, su único hijo sobreviviente, asistió, pero apenas parecía comprender lo que estaba ocurriendo.
Lloraba de manera infantil, confundido por las ceremonias, necesitando ayuda constante de sus asistentes. 4 años después de la мυerte de Mariana, el primero de noviembre de 1700, Carlos Segi murió también. Tenía 38 años, pero parecía un anciano de crépito. La autopsia reveló un cuerpo completamente destruido por las consecuencias de la consanguinidad. El médico forense escribió un informe que se haría famoso. Carlos tenía ni una sola gota de sangre. El corazón apareció del tamaño de un grano de pimienta, los pulmones corroídos, los intestinos putrefactos y gangrenados.
tenía un solo testículo negro como el carbón y la cabeza llena de agua. Con la мυerte de Carlos Segi, la dinastía de los Absburgos en España llegó a su fin. Había durado 184 años desde que Carlos I fue coronado en 1516. Pero el último representante de esa dinastía era un hombre tan genéticamente destruido que apenas podía considerarse humano en el sentido funcional. La guerra de sucesión española que siguió a su мυerte duró 13 años y costó cientos de miles de vidas.
Al final, Felipe V de la Casa Francesa de los Borbones se sentó en el trono español. Los absburgoespañoles se habían extinguido víctimas de su propia política de consanguinidad extrema. La historia de Mariana de Austria y Carlos II se convirtió en una advertencia terrible sobre los peligros del incesto dinástico. Los genetistas modernos han calculado que Carlos II tenía un coeficiente de consanguinidad del 25.4% 4% comparable al de hijos de hermanos. De los 34 niños nacidos en la rama española de los Habsburgo, entre Carlos I y Carlos II, 10 murieron en su primer año de vida, 17 murieron antes de cumplir 10 años y solo siete llegaron a la edad adulta.
La tasa de mortalidad infantil era cuatro veces superior a la de las campesinas de la época. Los Habsburgo habían creído que casarse entre ellos fortalecería la dinastía, mantendría el poder dentro de la familia, preservaría la pureza de la sangre real. En realidad, cada matrimonio consanguíneo acumulaba mutaciones dañinas, reducía la diversidad genética, aumentaba las probabilidades de enfermedades recesivas. Generación tras generación, el daño se acumulaba como una deuda que eventualmente tenía que pagarse. Y el precio final fue pagado por Carlos II, un hombre que nunca pidió nacer, que nunca eligió ser rey, que fue víctima de siglos de decisiones tomadas mucho antes de su concepción.
Pero también fue pagado por Mariana de Austria, una niña de 15 años arrancada de Viena y forzada a casarse con su tío, a soportar seis embarazos en 10 años, a perder tres hijos, a criar a un cuarto hijo tan enfermo que nunca podría funcionar normalmente, a ser regente de un reino en colapso, a sufrir las intrigas cortesanas, a ver cómo todo lo que había sacrificado resultaba inútil. y finalmente a morir de cáncer mientras veía el fin inevitable de la dinastía por la que había dado todo.
La tragedia de Mariana no fue solo personal, fue histórica. Ella fue una de las últimas víctimas de un sistema que valoraba la sangre pura por encima de la salud humana, que veía a las mujeres como simples incubadoras para producir herederos, que sacrificaba vidas individuales en el altar de la continuidad dinástica. Su vientre, que debía salvar la dinastía, terminó revelando la verdad terrible. La sangre real estaba corrompida, no por brujería o hechizos, como creían en el siglo X, sino por generaciones de consanguinidad que habían convertido a los Absburgo en un callejón sin salida evolutivo.
Los retratos de Mariana, que sobreviven cuentan esta historia mejor que cualquier palabra. En los primeros pintados cuando era joven aparece una muchacha de rostros suaves y ojos claros. En los últimos es una mujer envejecida prematuramente, vestida con hábitos de viuda monja, con ojos que han visto demasiado sufrimiento. Entre esos dos retratos está toda una vida de dolor, sacrificio y fracaso. Esta es la historia real de la reina del parto imposible. Una mujer que dio seis veces a luz, pero no pudo salvar la dinastía.
Una reina que gobernó un imperio, pero no pudo gobernar su propio destino. Una madre que amó a sus hijos, pero no pudo protegerlos de la herencia genética que ella misma había transmitido. La historia de Mariana de Austria es un recordatorio de que detrás de los retratos suntuosos, los palacios magníficos y las ceremonias elaboradas de las monarquías europeas, había personas reales que sufrían consecuencias reales de decisiones tomadas por razones de Estado que no tenían nada que ver con su bienestar individual. FIN.
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