EL ÚLTIMO GRITO DEL PERRO: MEMORIAS DEL DERRUMBE
EL ÚLTIMO GRITO DEL PERRO: MEMORIAS DEL DERRUMBE

Yo, José López Portillo. Expresidente. Heredero de la Revolución. Cadáver político.
El aire en el Palacio Legislativo de San Lázaro aquel 1 de septiembre de 1982 no era aire; era una mezcla asfixiante de ozono, sudor frío de burócratas aterrados y el olor dulzón de la pólvora que aún no estallaba, pero que todos olíamos en el ambiente. Frente a mí, un mar de rostros: diputados, senadores, el gabinete en pleno, y más allá, las lentes de las cámaras de televisión que llevaban mi imagen a millones de hogares mexicanos. Llevaban la imagen de un hombre roto.
Sentí el nudo en la garganta antes de que la primera lágrima traicionera asomara. Apreté los puños sobre el atril de caoba, sintiendo la textura de la madera como el único anclaje en medio de un naufragio. Golpeé el mueble con una rabia impotente, un sonido seco que resonó en el recinto como un disparo de advertencia. Lloré. No fueron lágrimas de cocodrilo, como dijeron mis enemigos; fueron lágrimas de un monarca que ve cómo su castillo de naipes, construido sobre cimientos de crudo y soberbia, se desmorona en cadena nacional. Lloré buscando una absolución que sabía que el país no me daría, porque el país estaba ocupado viendo cómo sus ahorros se evaporaban mientras yo me hundía en mi propio colapso dramático.
No era solo un mandatario al borde del ataque de nervios; era un imperio personal, una dinastía que quise forjar con concreto y nepotismo, viniéndose abajo con un estruendo ensordecedor. Detrás de ese llanto grotesco había una traición profunda, una fortuna obsena levantada bloque por bloque mientras la moneda nacional se desangraba, y una guerra familiar tan degradante que años después me dejaría solo, enfermo y despojado hasta de la poca dignidad que me quedaba como ex jefe de Estado. Pero esta no es la crónica de cómo lloré; esta es la autopsia de cómo llegué a ese atril, de cómo el hombre que entró en 1976 como el heredero perfecto del sistema terminó convertido en el símbolo nacional de la arrogancia, el despilfarro y la ruina absoluta. Es la historia de cómo el petróleo me hizo sentir invencible, de cómo prometí defender el peso como un perro mientras la moneda se desplomaba, y de cómo el mismo apellido que quise convertir en linaje real terminó devorándome desde dentro.
Todo comenzó mucho antes del llanto. Mucho antes del 1 de septiembre de 1982. Mucho antes de la devaluación histórica, de los banqueros convertidos en enemigos públicos y de las cámaras captando mi desintegración frente a toda una nación hambrienta. Para entender mi caída, hay que mirar el momento exacto en que empecé a creer mi propia leyenda.
Llegué en 1976. México estaba herido, nervioso, exhausto tras el sexenio caótico de Luis Echeverría. El ambiente olía a desorden, inflación y miedo. Y en medio de ese cansancio colectivo, aparecí yo. Alto, elegante, de voz grave y peinado impecable. Tenía la seguridad teatral de un hombre que no entraba a la política para competir, sino para ocupar un trono que ya lo estaba esperando con alfombra roja. No llegué como un candidato que sobrevive a una batalla; llegué como el heredero al que le apartaron el camino con machete y chequera. Fui el único aspirante real de un sistema que ya había decidido por todos. No hubo verdadero combate, no hubo riesgo, no hubo una lucha que pudiera recordarme que el poder, incluso el poder presidencial mexicano de aquellos años, tiene límites. Y eso importa. Importa mucho. Porque hay hombres que aprenden a gobernar cuando conocen la resistencia, y hay otros que, al no conocerla nunca, empiezan a confundir el país con su propio reflejo en el espejo del baño.
Al principio, parecía el personaje perfecto para una nación que necesitaba volver a creer. Tenía el porte de un estadista clásico, el lenguaje de un intelectual y la energía de alguien que disfrutaba ser el centro de atención. Citaba a los griegos, hablaba de historia con solemnidad y me presentaba como un hombre de familia, casado desde 1951 con Carmen Romano. Una mujer refinada, culta, obsesionada con la música y con la imagen de grandeza imperial. Juntos proyectábamos orden, prestigio, permanencia. La ilusión de que el país estaba en manos de gente superior, casi divina.
Y entonces ocurrió el milagro que terminó de intoxicarlo todo: el petróleo. A finales de los años 70, el hallazgo de enormes yacimientos en el Golfo de México convirtió a mi gobierno en una fiesta de cifras descomunales. De pronto entraba dinero a esuertas. De pronto el mundo volteaba a ver a México con hambre. De pronto, los bancos internacionales nos ofrecían créditos como si el futuro ya estuviera garantizado por escrito y ante notario. Yo no solo recibí esa bonanza; la interpreté como una confirmación íntima de mi destino glorioso. Ya no era solo un presidente afortunado. Empecé a verme a sí mismo como el hombre elegido para conducir a México a una nueva era de grandeza mundial. Administrar la abundancia. Esa fue la frase que pronuncié con una sonrisa de suficiencia. Guárdala bien, porque en esas tres palabras ya estaba escondida toda la tragedia griega que estaba por venir. No hablaba como un administrador prudente; hablaba como un monarca convencido de que la historia le había entregado una riqueza inagotable para cumplir una misión casi sagrada.
El veneno del poder absoluto no empezó con la devaluación, ni con las lágrimas en San Lázaro, ni siquiera con la banca nacionalizada a punta de decreto. Empezó mucho antes, en un lugar donde casi nadie miraba, en los pasillos oscuros donde los hombres más peligrosos no levantan la voz porque no la necesitan. Y en mi caso, ahí fue donde empezó a pudrirse todo. Flotaba sobre mi nombre, incluso antes de tomar posesión en noviembre de 1976, la sombra de lealtades dobles, de canales secretos con aparatos de inteligencia estadounidenses que documentos desclasificados décadas después sugerirían que era mucho más profunda de lo que México estaba dispuesto a imaginar. Un presidente que en público hablaba de país, de historia y de destino nacionalista, mientras en privado el poder real se negociaba en otro idioma y con otros intereses. Si eso era cierto, no se trataba solo de hipocresía; se trataba de una fractura moral en el corazón mismo del Estado.
Pero esa no fue la única traición, ni la más visible. Hay traiciones que se esconden en archivos polvorientos y hay otras que se levantan con concreto, acero, agua robada y soldados vigilando la entrada las veinticuatro horas. Mientras México empezaba a depender peligrosamente del petróleo y de los créditos fáciles, yo mandé construir mi propio monumento a la omnipotencia. No una casa de retiro discreta; un complejo gigantesco, una fortaleza personal, un símbolo obseno de la distancia que ya existía entre el presidente y el país que decía representar en los discursos.
La gente terminó llamándolo “La Colina del Perro”. No lo llamaron así por cariño. Era un terreno inmenso en Cuajimalpa, con mansiones, una biblioteca en espiral pensada para decenas de miles de libros, alberca techada y caminos privados. Todo vigilado por soldados. Militarizado. No guardias domésticos, no un sistema de seguridad común; soldados con tiendas verdes y control absoluto, como si no fuera la casa de un funcionario temporal, sino el castillo de un monarca absoluto que ya no distinguía entre el poder prestado y la propiedad personal. Y aquí viene lo más brutal: todo eso crecía mientras muy cerca, colonias enteras seguían sin agua potable, sin drenaje y sin seguridad jurídica sobre la tierra que pisaban. A un lado del exceso, la carencia; a un lado del lujo, la necesidad más básica; a un lado del concreto rojo del Alcázar presidencial, el polvo, la precariedad y el abandono.
El veneno del poder nunca se queda en los discursos grandilocuentes, nunca se queda encerrado en oficinas con madera fina, teléfonos privados y hombres de traje cuidando la puerta. El verdadero veneno siempre termina entrando en la casa, se sienta a la mesa, se mete en la cama y se filtra en la sangre de los hijos. Y en mi historia, eso fue exactamente lo que pasó. Porque mientras México escuchaba promesas de grandeza y abundancia petrolera, dentro de mi propia familia se estaba formando otra cosa: una generación criada en la excepción, en el privilegio, en la idea tóxica de que llevar cierto apellido bastaba para estar por encima del resto del país.
Carmen Romano entendió ese mundo mejor que nadie. Era refinada, culta y obsesionada con la música y la sofisticación. En otro contexto, habría sido solo una mujer elegante con gustos caros. Pero aquí estamos hablando de Los Pinos. Estamos hablando del dinero de una nación pobre sosteniendo las fantasías privadas de una pareja que ya había empezado a confundirse con la monarquía. A Carmen le fascinaba el piano, y yo, incapaz de ofrecer contención emocional real, le ofrecí recursos sin límite. Cuentan que llevaba su piano Steinway en los viajes oficiales como si fuera parte natural del equipaje presidencial. Y una anécdota quedó flotando durante años como una postal obsena de aquella época: en un hotel de Europa, al descubrir que el piano no cabía por la entrada de la suite, se ordenó modificar el lugar, abrir espacio, romper estructura, adaptar la realidad al capricho, como si el mundo entero tuviera que correrse unos centímetros para que la fantasía privada de la élite mexicana pudiera entrar sin dificultad.
Eso veían mis hijos, eso respiraban, eso aprendían: José Ramón, Carmen Beatriz, Paulina. Niños creciendo en un ambiente donde el poder no parecía una responsabilidad, sino una herencia biológica; donde el lujo no era una excepción, sino el lenguaje cotidiano. Puedes imaginar lo que eso le hace a una conciencia. Puedes imaginar el vacío que se forma cuando todo está permitido y nada está prohibido. Y ahora viene el detalle que lo resume todo, el momento en que dejé de fingir que había una frontera entre gobierno y familia: cuando nombré a mi hijo José Ramón subsecretario de Programación y Presupuesto. El país entero vio lo que estaba ocurriendo. Ya no era rumor, ya no era sospecha, ya no era malicia periodística. Era nepotismo a plena luz del día. Y cuando lo cuestionaron, no retrocedí, no se disculpé. Respondió con una frase que todavía hoy suena como una bofetada: Es el orgullo de mi nepotismo. Guarda esa frase, porque en ella está la radiografía moral completa de aquel régimen. Es la celebración del abuso como si fuera virtud. Es un padre entregándole a su hijo una señal devastadora: aquí no importa el mérito, aquí importa la sangre.
Toda fantasía, por bien lubricada que esté con crudo y adulación, necesita un momento de choque con la realidad. Y la mía tenía nombre, olor y color: olía a petróleo y brillaba como oro negro. Durante un tiempo, pareció inagotable. Convenció a México de que la riqueza había llegado para quedarse. Hizo creer que el país podía gastar, endeudarse y aplazar cualquier prudencia, porque el subsuelo prometía cubrirlo todo. Pero el problema con las fantasías construidas sobre el precio internacional de una materia prima es que se derrumban sin pedir permiso y sin mirar a quién dañan.
El mercado petrolero empezó a cambiar. Los precios comenzaron a caer. Lo que hasta hacía poco parecía una fuente infinita de dinero empezó a mostrar grietas amenazantes. Ahí era donde un gobernante sobrio habría frenado, habría recortado, habría reconocido el peligro. Pero yo no era un hombre hecho para retroceder. Era un hombre hecho para actuar, para posar, para desafiar a la realidad como si la realidad fuera una adversaria menor que mis escoltas podían someter.
17 de agosto de 1981. Pronuncié una frase que quedó grabada para siempre, no como símbolo de valentía, sino como epitafio político: Defenderé el peso como un perro. Escucha bien esa frase. No habla como un economista prudent, no habla como un estadista sobrio; habla como un hombre herido en su orgullo, un hombre que cree ingenuamente que la voluntad personal puede imponerse a los mercados, a la deuda, a la fuga de capitales y al pánico financiero. Pero los mercados no escuchan discursos solemnes, no obedecen lágrimas presidenciales y no se arrodillan ante el ego de nadie. Y entonces empezó la estampida. Los capitales salieron despavoridos, los dólares huyeron en maletas y transferencias. El sistema comenzó a vaciarse por dentro. Lo que en la superficie todavía parecía controlable, por debajo ya era hemorragia pura.
Las cifras de ese desastre todavía estremecen. El tipo de cambio que al inicio de mi sexenio rondaba los 22 pesos por dólar terminó convertido en una herida abierta. La inflación se volvió asfixia. La deuda externa escaló hasta niveles brutales. Piensa en eso un momento. Mientras en las alturas del poder se hablaba de grandeza nacional, abajo una familia veía cómo sus ahorros de años perdían valor en meses. Un tendero no sabía a cuánto vender al día siguiente. Un trabajador cobraba un salario que se deshacía antes de llegar a casa. Esa fue la verdadera guerra de la herencia que dejé: no una pelea de abogados en torno a una mansión en Cuajimalpa, sino una transferencia masiva del costo del desastre hacia la gente común.
Después del desastre de 1982, no caí de inmediato en una celda ni frente a un tribunal. Caí en algo mucho más lento, mucho más humillante y mucho más difícil de soportar para un hombre alimentado por la adoración: caí en la pérdida de la admiración. Piensa en el contraste. Apenas unos años antes era el hombre más poderoso de México, el dueño del micrófono, el rostro del Estado rodeado de escoltas. Y de pronto, terminado el sexenio, empecé a convertirme en otra cosa: en un fantasma incómodo, en un nombre que provocaba rabia contenida, en un hombre al que ya no querían oír. Cuentan que en algunos restaurantes la gente me ladraba cuando me veía entrar. Como perros. Exactamente como la frase con la que había prometido defender el peso. La humillación pública tiene una memoria cruel. México no olvidaba, México se burlaba.
Ahí comenzó el exilio verdadero, uno psicológico. Seguía rodeado de ciertos lujos, sí, pero el lujo sin adoración no me bastaba, nunca me bastó. Ya no tenía el escenario de la presidencia, solo me quedaba el eco de mí mismo. Y un hombre así, cuando siente que el mundo deja de mirarlo, empieza a buscar desesperadamente otro espejo. Ese espejo apareció en 1984 con el rostro de Sasha Montenegro. Célebre, voluptuosa, casi tres décadas menor que yo. No era solo una relación amorosa; era el intento patético de volver a sentirse deseado, vigente, poderoso. La fantasía de que la decadencia podía disimularse si a mi lado brillaba una mujer capaz de devolverme algo del fuego perdido.
Pero toda huida tiene un precio. Aquella relación se exhibió, se volvió espectáculo mientras Carmen Romano seguía viva. No bastó con haber fracturado moralmente a mi primera familia; tenía que arrastrar también esa fractura a la vista de todos. Con Sasha tuve dos hijos más, Nabila y Alexander. Una segunda familia, un segundo escenario para repetir los mismos errores con distinta escenografía. Y cuando Carmen Romano murió en el año 2000, no tardé mucho en oficializar lo que ya llevaba años siendo una verdad escandalosa: me casé por la iglesia con Sasha un mes después, como si la prisa pudiera borrar todo lo anterior.
Pero la jugada que lo cambió todo fue la “Colina del Perro”. Decidí donar ese complejo gigantesco a Sasha. El símbolo más obseno de mi poder pasaba a manos de la nueva esposa, dejando a mis hijos mayores frente a una humillación adicional. No era solo dinero, era el mensaje: ustedes crecieron en esta sombra, pero la sombra ya no les pertenece. Imagínate el resentimiento acumulado durante décadas encontrando por fin un objeto concreto al que aferrarse. Y entonces llegó el cuerpo, el enemigo que ni el poder ni el dinero pueden sobornar. En 1999 sufrí una embolia. El hombre que antes montaba a caballo y boxea posando con energía viril empezó a apagarse. La fuerza física se fue, el control se fue. Poco a poco quedé reducido a la fragilidad que tanto había despreciado en otros. Un expresidente en silla de ruedas, vulnerable, cercado por médicos y tensiones familiares que ya no podía dominar con un discurso. Ahí se cerró el círculo más oscuro: los hijos que habían crecido bajo el veneno de la ausencia y el privilegio empezaban a convertirse en combatientes feroces por la herencia.
El final no llegó con solemnidad; llegó lentamente, con olor a hospital, con expedientes judiciales abiertos y familiares vigilándose entre sí como enemigos de guerra. A comienzos de 2004, yo ya no era ni la sombra del hombre que había temblado de rabia y lágrimas frente al Congreso en 1982. Tenía 83 años y el cuerpo devastado. Pero lo más humillante no era la enfermedad, era el escenario en el que esa enfermedad estaba ocurriendo. Porque mientras mi cuerpo se apagaba, mi familia se despedazaba alrededor de mí. La guerra con Sasha Montenegro había entrado en su fase más cruel, envuelto en una demanda de divorcio sórdida donde se hablaba de maltrato, gritos y empujones. Un hombre que había tenido escoltas, ministros y generals a su disposición y al final ahí estaba, enfermo, débil, disputado, convertido en objeto de pleito, ya no como patriarca, sino como botín de guerra.
Murió el 17 de febrero de 2004 en un hospital de la Ciudad de México. La causa médica fue insuficiencia cardíaca, pero la causa profunda venía de mucho más atrás. Venía de los años de arrogancia, de las traiciones, de la soledad fabricada por mi propia conducta, de la costumbre de usar a las personas como extensiones de mi poder hasta que un día ya no quedaba poder y tampoco quedaban personas. Y por eso la palabra exacta para mi final fue esa: despojado. Despojado de afecto verdadero, despojado de autoridad, despojado del respeto de un país que nunca me perdonó el derrumbe de 1982. José López Portillo lo tuvo casi todo —petróleo, palacio, obediencia, fama, miedo ajeno—, pero murió sin lo único que habría podido salvarlo del vacío absoluto. Y esa quizá fue mi verdadera condena: no haber perdido el poder, sino haber descubierto demasiado tarde que nunca supo qué hacer con él.
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