EL GUARDAESPALDAS DE PABLO ESCOBAR APRETÓ EL GATILLO A QUEMARROPA — ESE SONIDO CAMBIÓ LA HISTORIA

15 de enero de 1988. Exactamente a las 10:34 de la noche en la Hacienda Nápoles, un hombre llamado John Jairo Velázquez, mejor conocido como Popeye, está parado en la puerta de la recámara principal, agarrando una metralleta Uzi mientras ve a Pablo Escobar dormido. Justo en ese preciso momento, en la bolsa de su pantalón, trae un sobre con 200,000 dólares en puros billetes de a 100. Un billete que le soltó hace tres días un wey del Cártel de Cali, que se la cantó directa y sin escalas: “Un plomazo en la cabeza mientras duerme, y te pelas para siempre con tu familia”.

Popeye lleva ahí parado ya 20 minutos, debatiéndose entre si le jala al gatillo o si despierta a Pablo para soltarle toda la sopa. Mientras le da vueltas al asunto, Pablo se voltea de lado en la cama, murmura algo que ni se entiende y le sigue roncando, como si no existiera en el mundo ni una sola pinche razón para tener miedo.

En enero del 88, John Jairo Velázquez no era nomás un gatillero del montón en la nómina del Cártel de Medellín. Era la mano derecha de Pablo Escobar. El cabrón que hacía el trabajo sucio que ni el propio Pablo quería decir en voz alta. El wey que le armaba los operativos, los “arreglos” a la de a huevo, y las movidas con una lealtad tan perra, que en cortito, Pablo le decía “mi hijo”.

Toda esta onda había empezado 6 años atrás, en el 82, cuando Popeye nomás era un chavito de 21 años que jalaba de cadenero en un antro de Envigado. Una noche, Pablo Escobar entró a ese lugar y cuando tres pelados armados quisieron apañarlo, fue Popeye el que sacó la fusca primero y despachó el problema sin temblarle el pulso. Pablo miró a ese muchacho flacucho que le acababa de salvar el pellejo a un desconocido y nomás le soltó cuatro palabras:
—”Ahora jalas para mí”.

En los seis años que siguieron, Popeye se volvió el pan de cada día, y no por ser el más asesino o el más cerebro, sino porque el wey era de absoluta confianza. Pablo sabía que podía levantar a Popeye a las 3 de la mañana, pedirle que le bajara la luna, y Popeye nomás iba a decir: “Considéralo hecho”. Sin preguntar ni madres. Esa confianza ciega armó entre ellos un lazo que iba mucho más allá de ser patrón y chalán. Era casi de familia. Pablo trataba a Popeye como a nadie más. Le soltaba mejor lana, le cuidaba a la familia y le pasaba información con la que bien podía hacer pedazos todo su imperio.

Pero en enero del 88, la cosa se estaba poniendo color de hormiga; el Cártel de Medellín andaba pasando por la peor presión externa de toda su historia. La DEA ya se había plantado con una oficina de fijo en Bogotá con una sola tirada: atorar a Pablo Escobar.

El Cártel de Cali, por su lado, siempre se había manejado muy distinto al de Medellín. Mientras Pablo era de andarse haciendo notar a punta de bombazos y chingazos de frente, a los hermanos Rodríguez Orejuela les latía más el bisne de untar la mano por debajo del agua y meterse en la política. Ellos ya habían olido algo que a Pablo todavía no le caía el veinte: que su círculo más íntimo, incluyendo a Popeye, ya estaba hasta la madre. Hartos de andarse a salto de mata, hartos de dormir con la fusca bajo la almohada, hartos de ver cómo, semana tras semana, sus compas se iban haciendo humo.

El estar hasta la madre es la primera partidura en el escudo de la lealtad. Porque cuando un cabrón ya está cansado, se empieza a preguntar hasta cuándo va a aguantar su suerte. Y cuando ya no ve otra salida más que el bote o el panteón, le empieza a hacer ojitos a opciones que antes ni de chiste hubiera volteado a ver.

12 de enero de 1988. Tres días antes de aquella noche en la Hacienda Nápoles. Popeye andaba por Medellín cuando un Chevrolet negro se le emparejó en una calle muy sola, por los rumbos de El Poblado. Bajaron el vidrio y un tipo que Popeye jamás había topado en su vida, le habló con toda la calma del mundo.
—John Jairo. Te traigo un recadito del señor Miguel Rodríguez Orejuela. Regálame 5 minutos y a cambio te avientas una platicadita que te puede arreglar la vida.

En ese mismito segundo, Popeye debió haber sacado el cohete y darle el pitazo a Pablo de volada, pero algo lo detuvo. Chance fue la curiosidad, chance el cansancio, o a lo mejor esa espinita de sentir que su vida ya no daba para más. Total, que se trepó al carro.

El carro anduvo como 15 minutos hasta pararse en una bodega arrumbada en la zona industrial de Itagüí. Al bajarse, Popeye topó a tres weyes esperándolo, todos bien trajeados como si fueran ejecutivos. El de en medio —un ruco de unos 50 años, canoso y con lentes de armazón dorado— se hizo llamar “un simple mensajero”, y fue directo al grano.
—Señor Velázquez, Pablo Escobar ya es hombre muerto. No es a ver si pasa, es a ver cuándo pasa. Usted tiene de dos sopas: o se muere con él peleando por una lealtad que, a fin de cuentas, a nadie le va a importar un carajo, o se asegura de que su familia tenga un futuro lejitos de todo este desmadre.

El mensajero le siguió con voz de oficinista:
—200,000 dólares en efectivo. Papeles nuevecitos para usted y los suyos. Una casa en la ciudad que escoja de Sudamérica —menos en Colombia, claro está— y la palabra de que el Cártel de Cali jamás lo va a andar cazando.
—¿Y qué es lo que ocupan que haga, exactamente? —le soltó Popeye.

El mensajero sacó un sobre de la bolsa y lo puso en la mesa.
—Pablo le va a caer a la Hacienda Nápoles el 15 de enero. A usted le toca hacer guardia esa noche, como siempre. A las 10:30 se mete al cuarto donde esté dormido y le acomoda un solo plomazo en la cabeza. Rapidito y sin hacer ruido. De ahí, sale por la puerta de atrás donde ya lo va a estar esperando un carro.

El mensajero le arrimó el sobre a Popeye.
—Aquí viene la mitad de la lana. 100,000 dolaritos nomás para que vea que es en serio. La otra mitad se la soltamos en cuanto quede el jale.

Popeye se le quedó viendo al sobre sin ponerle un dedo encima; la ardilla le daba vueltas a mil por hora sacando cuentas. Pensó en Pablo. El wey que le había tirado esquina cuando no era nadie; el que lo trataba como si fuera de su sangre. Pero también se acordó de a cuántos de esos “hijos” ya se había echado Pablo cuando las cuentas no le cuadraban. De cuántos pelados de su más entera confianza ya estaban criando malvas nomás porque sabían demasiado. Se acordó de sus propios chamacos de 8 y 10 años, que casi ni lo topaban de tanto andar a salto de mata. Y se acordó de su vieja, que se la pasaba chillando todas las noches con el pavor de que le llamaran para avisarle que ya lo habían apañado o que ya lo habían quebrado.

—Ocupo tres días para pensarlo —le dijo Popeye al final.

El mensajero le dijo que ni madres con la cabeza.
—Tiene de aquí a mañana a mediodía. Si no, se acaba la oferta y usted pasa a ser estorbo, porque ya sabe demasiado de este asuntito. Mañana le van a marcar al teléfono de monedas que está en la Avenida El Poblado, cerquita de la farmacia San Jorge. Usted contesta y nomás dice: “¿Sí o no?”.

La amenaza estaba cantada. Si Popeye los mandaba por un tubo, no iba a poder nomás regresarse con Pablo y hacerse el menso. O le entraba al jale, o se volvía blanco.

Popeye se salió de la bodega sin tocar el sobre y se la amaneció sin poder pegar el ojo, fumando un cigarro tras otro. Al otro día, a las doce en punto, ya estaba parado enfrente del teléfono de monedas. Sonó el aparato y del otro lado la voz le soltó:
—¿Sí o no?
Popeye agarró aire y dijo:
—Sí.

A las dos horas ya andaba de retache en la bodega, levantando el sobre con los 100,000 de los verdes y agarrando santo y seña de cómo iba a estar la movida. El plan estaba pendejamente fácil. El 15 de enero, a Popeye le tocaba la guardia en la Hacienda Nápoles. Como de costumbre, Pablo iba a cenar a las 8, se iba a echar el noticiero de las 9:30, y para antes de las 10 ya iba a estar roncando. Popeye tenía pase libre a la recámara porque Pablo le tenía toda la confianza del mundo. Pero mientras escuchaba todo el rollo, una vocecita por dentro le empezó a zumbar que algo ahí no cuadraba. Y no por el lado de “ay, qué malo soy”, sino por el lado de las mañas, porque se veía todo demasiado peladito y a la boca.

En esos dos días, Popeye anduvo como si nada, sacando su chamba y echando chal con Pablo; pero con cada palabra que cruzaban, sentía que la bronca le pesaba más en la panza.

La noche del 14 de enero, Pablo lo mandó llamar para platicar en cortito.
—Siéntate, mi hijo. Ocupo platicar contigo de algo acá, pesadón.

Popeye se sentó, sintiendo que el sobre de lana le quemaba el pantalón, y por un microsegundo juró que Pablo le iba a soltar que ya le sabía todo su desmadrito. Pero Pablo prendió su puro, soltó el humo con mucha calma y se puso a tirar choro sobre la lealtad.

—¿Sabes a cuántos cabrones ya se les ha ocurrido quererme dar pa’bajo, John Jairo? Ya ni llevo la cuenta desde que pasé de los 50. ¿Y sabes por qué la sigo contando? Porque le sé leer la mente a la raza. Yo guacho cuando un wey de verdad está en mi barco, y cuándo nomás le anda echando ojo al mejor postor.

Pablo se arrimó a la ventana.
—Yo te tengo fe, mi hijo, pero en este bisne la confianza es de a mírame y no me toques. Hay que andarla calando a cada rato.

Popeye le contestó con los huevos más bien puestos que pudo fingir:
—Patrón, yo a usted nunca le voy a hacer una gatada. Todo lo que soy, se lo debo a usted.

Pablo se volteó de frente a Popeye y empezó a contarle un cuento.
—Fíjate que yo traía jalando a un cabrón… un tal Rodrigo. Bueno pal jale, no se echaba pa’trás. Un día me llegó el pitazo de que los de Cali le habían bajado el cielo y las estrellas: lana, protección, un borrón y cuenta nueva. ¿Y a que no adivinas qué le hice? No me lo escabeché. Dejé que agarrara el jale, que lo armara toditito, que cobrara la lana y que pusiera el día.

Pablo le metió drama al asunto.
—El mero día que quedó, Rodrigo se me metió al cuarto encañonándome con la fusca. Según él, yo estaba en el quinto sueño… o eso es lo que él se imaginaba. Se quedó ahí clavadote como 5 minutos con la tartamuda apuntándome a la cabeza, y yo nomás haciéndome el pendejo para ver si de verdad jalaba el gatillo.

El silencio estaba tan cabrón que Popeye podía oír los latidos de su propio corazón. Pablo le siguió:
—¿Y sabes qué chingados pasó? A Rodrigo se le frunció. Se quedó ahí como temblorina, y al final bajó la fusca y me fue a despertar chillando, rogándome que lo perdonara. ¿Y sabes cómo se la cobré? Lo dejé por la paz. Le saldé las deudas a su familia, le solté más lana y lo dejé seguir chambeando conmigo. ¿Por qué? Porque el cabrón me demostró que, hasta teniéndola facilita para ensartarme, prefirió ser leal.

Pablo le puso la mano en el hombro a Popeye.
—En este perro mundo nos andan calando todos los pinches días, y ahí es donde de verdad nos sale lo que traemos por dentro.

Popeye nomás asintió, sin tener el valor de verle la cara a Pablo.
—Ya está, Patrón.

Popeye salió de esa oficina con las corvas temblorinas y se aventó toda la noche con el ojo pelón viéndole la cara al sobre con los 100,000 dólares. Le daba vueltas a la cabeza tratando de descifrar si Pablo en serio ya sabía todo el teatrito y nomás le andaba tomando el pulso, o si la mentada plática había sido mera chiripada. Lo del tal Rodrigo podía ser la neta, o nomás un cuento chino armado para meterle calambres. Si Pablo ya le sabía, rajarse y no jalar el gatillo era pasar el examen; pero soltar el plomazo era firmar su pase de ida al más allá. Pero si Pablo ni se olía nada… entonces hacerse pendejo con el trato de Cali, significaba que ahora los de Cali se lo iban a traer de encargo.

A las 6 de la mañana del 15 de enero, Popeye ya tenía su decisión. Se iba a ir por la derecha con el plan: se iba a meter al cuarto de Pablo y le iba a descargar el cuete.

A las 8 de la noche, Pablo cenó su platillo de siempre. A las 9:30 se aventó el noticiero TV Hoy, y pa’ las 9:50 se despidió de Popeye con un: “Que descanses, mi hijo”, y se metió a su recámara.

Popeye se clavó en su guardia en la puerta. La Uzi colgada y la escuadra con silenciador guardadita en la espalda del pantalón. Se aventó 40 minutos esperando; tiempo de sobra para que Pablo cayera como piedra. A las 10:34 exactitas, con la mano temblorina, Popeye le dio vuelta a la chapa, se metió al cuarto como un fantasma y ahí topó a Pablo, durmiendo de lado, servidito en bandeja de plata.

Popeye peló la pistola, dio tres pasos pa’ la cama, le apuntó directito a la chompa de Pablo, le acomodó el dedo en el gatillo y empezó a apretar.

Justo en ese preciso segundo, Pablo se volteó en la cama, abrió los ojos bien despacito, lo miró de frente y le soltó:
—Ya me lo olía que ibas a venir.

A Popeye se le congeló el dedo en el gatillo. Pablo ya lo sabía. Siempre lo había sabido.

Pablo se sentó en la cama sin prisas, con toda la frialdad del mundo, y le siguió tirando el mismo choro controlado.
—Bájale a tu relajo con el cuete, John Jairo. Si yo hubiera tenido ganas de que te cargara la chingada, a estas horas ya serías historia. ¿A poco creíste que me iba a dormir de a de veras sabiendo que el Cártel de Cali te había agendado hoy para que me dieras piso?

Popeye bajó la tartamuda, y con la voz toda temblorosa, le preguntó:
—¿Desde cuándo me trae medido?

Pablo le sonrió.
—Desde el 12 de enero. Desde que te trepaste a aquel Chevrolet negro allá por El Poblado. ¿Qué, a poco crees que a ti no te traigo checadito?

Pablo se paró y se fue caminando pa’ la ventana.
—Yo ya me sé el chisme completito, John Jairo. Sé que te endulzaron el oído con 200,000 grandes. Sé que te adelantaron la mitad. Me sé de memoria cada chingadera que se platicó en esa bodega en Itagüí. ¿Y sabes qué es lo más cabrón? Que hasta entiendo por qué aflojaste. Ya andas hasta la madre. Traes a la familia en la tablita, y cuando los pendejos de Cali te ponen 200,000 varos enfrente, pues la cosa se ve pelada.

A Popeye se le partió la madre por dentro.
—Patrón… me tenían amarrado de las manos. Me salieron con que si los mandaba a la chingada me iban a quebrar, y que si le corría con el chisme a usted, se iban a ir a buscar a mi familia. No me dejaron para dónde hacerme.

Pablo se le volteó.
—Siempre tuviste para dónde hacerte. Era caerle conmigo y soltarme la sopa. Pero te faltaron huevos para tenerme confianza.

Popeye guardó la fusca.
—¿Y ahora qué procede conmigo, Patrón?

Pablo le dio un jalón a su cigarro y le contestó bien sereno:
—Te voy a dar exactamente lo que andabas buscando. Tu libertad. Agarra esa lana que te botaron los de Cali, trépate a tu familia y pélate de Colombia. Mañana temprano ya te quiero bien lejos de Medellín. Y en una semanita… a chingar a su madre del país.

Popeye no se la creía.
—Patrón… no le agarro la onda. ¿Por qué me está dejando ir vivo?

Pablo lo miró directito a los ojos.
—Porque te faltaron huevos pa’ jalar el gatillo. Te paniqueaste. Y ese pánico a mí me dice que todavía traes alguito adentro que vale más que los putos billetes. —Pablo le abrió la puerta—. Pero óyeme bien, esto no es un perdón, esto es que te abro a la chingada. Y donde yo me llegue a enterar que regresaste, o que andas de hocicón contando cosas, no va a haber lana en este mundo que los alcance a salvar a ti o a tu familia.

Popeye salió de esa recámara sintiendo las piernas de chicle, y pa’ antes de que saliera el sol, ya iba manejando hecho madre pa’ Medellín, con el sobrete de los 100,000 varos. Ahí le cayó el veinte de que Pablo había manejado cada pinche segundo de todo este circo: desde dejar que se apalabrara, hasta la escena de película ahí en la recámara.

El 20 de enero del 88, 5 días después, John Jairo Velázquez ya iba trepado en un vuelo pa’ Panamá con papeles falsos, su vieja, sus dos chamacos y 98,000 dólares. Jamás en la vida volvió a pisar Colombia. Nunca volvió a abrir la boca para dar entrevistas. Se la pasó años jalando en un antro en la Ciudad de Panamá, nomás queriendo borrarse el casete.

El Cártel de Cali nunca le fue a reclamar el anticipo, porque andar cobrándosela a un muerto no les iba a dejar nada bueno pa’ sus planes.

El chisme de esa noche anduvo rolando a cuentagotas por el bajo mundo de Colombia, pero la neta completa se quedó bien sepultada. La moraleja que se le quedó tatuada a Popeye no tuvo nada que ver con lealtad ni con chapulineos, sino con lo que es traer el poder de a de veras.

Pablo Escobar nunca en su vida perdió las riendas de ningún desmadre, ni siquiera cuando parecía que todo se le iba al carajo. Porque él sabía perfectamente que tener el poder no es obligar a la raza a que te haga caso a puros calambres… es hacerles creer que la decisión la tienen ellos, cuando tú ya te armaste el final de la película desde antes de que empezara.

Años después, un pinche reportero colombiano dio con el escondite de Popeye y le cayó con ganas de sacarle una entrevista. Pero Popeye lo mandó a volar, diciéndole: “Hay historias que están muy cabronas como pa’ andarlas contando, aunque ya haya llovido”.

La historia de cómo un chalán de Pablo Escobar le peló la fusca a quemarropa y ese sonidito le cambió el rumbo a la historia, se quedó enterrada por décadas. El sonido que volteó el mundo de cabeza no fue el putazo de una bala; fue el silencio de un gatillo al que le faltaron huevos para que le jalaran. Y ese pinche silencio le estuvo retumbando a Popeye toda su vida, recordándole que él nunca, pero nunca, trajo el control de nada… ni siquiera cuando él juraba que lo tenía en las manos.

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