El Código de la Traición: El Nacimiento del Monstruo de Élite

Miembros GAFE del Ejército Mexicano de la vieja escuela durante el  levantamiento zapatista de 1994 [1024 × 723] : r/MilitaryPorn

El calor en la frontera no es un clima, es un estado mental. Es un aire espeso, con sabor a diesel quemado y a ese polvo seco que se te mete en los poros y ya nunca te abandona. Yo estaba ahí cuando el suelo de México empezó a agrietarse, no por un sismo, sino por el peso de unas botas militares que decidieron caminar hacia el lado oscuro.

Usted debe entender que antes de ellos, el narco era un negocio de familias, de tíos y sobrinos que traficaban en las sombras. Pero entonces llegaron los GAFE. Soldados de élite, los mejores que el dinero de sus impuestos y el entrenamiento de Fort Bragg e Israel pudieron construir. Tipos fríos, quirúrgicos, que un buen día miraron sus uniformes gastados y sus carteras vacías, y decidieron que el juramento a la bandera no pagaba las cuentas.

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Todo empezó en las montañas, bajo la neblina de la selva Lacandona. Arturo Guzmán de Sena, un tipo que nació en la miseria de Puebla y que el Ejército pulió hasta convertirlo en un arma humana, fue enviado a contener el levantamiento zapatista. Allí, entre el olor a pólvora y la humedad que pudre los huesos, Guzmán de Sena aprendió que el terror es una herramienta política. Las crónicas hablan de ejecuciones extrajudiciales y mensajes de miedo grabados en la piel de las comunidades. Fue su examen de graduación.

A mediados de los 90, la tentación llegó con el nombre de Osiel Cárdenas Guillén. El líder del Cártel del Golfo no buscaba sicarios comunes; buscaba un ejército. Le ofreció a Guzmán de Sena una cifra que ningún soldado vería en diez vidas. El 27 de septiembre de 1997, el GAFE más brillante se convirtió en el desertor más peligroso. Se llevó consigo a otros 34 operativos. No fue una huida, fue un traslado de tecnología: el primer cártel con estructura militar real en la historia.

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Cada uno de esos hombres recibió un código de radio que empezaba con la letra “Z”. Guzmán de Sena fue el Z1. Lo que construyeron no era una banda, era una maquinaria. Cuando los Zetas llegaban a una plaza, no pedían permiso. Llegaban en convoyes impecables, con ametralladoras SAW 5.56 que escupían 700 rondas por minuto y equipos de visión nocturna que hacían que la policía pareciera un grupo de niños jugando a la guerra.

Recuerdo el silencio sepulcral que caía sobre los pueblos cuando las camionetas blindadas aparecían en el horizonte. No era el silencio de la paz, era el silencio de una presa que sabe que el depredador ha llegado. Los Zetas no solo vendían droga; vendían miedo. Establecieron campamentos que eran espejos de las instalaciones militares, reclutaron a los “Kaibiles” guatemaltecos —hombres cuya brutalidad es leyenda— y hasta formaron a “Las Panteras”, mujeres que usaban el perfume y la seducción para obtener secretos antes de apretar el gatillo.

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Usted quizás leyó en los periódicos sobre la carretera federal 101. Pero leerlo no es sentir el vacío en el estómago al ver los autobuses vacíos llegando a Reynosa, con las maletas de los pasajeros intactas pero sin un alma a bordo. Los Zetas montaban retenes que parecían oficiales. Sacaban a la gente como ganado.

En agosto de 2010, en un rancho que olía a muerte vieja, encontraron 72 cuerpos. Migrantes que no tenían nada, gente que solo buscaba un sueño y encontró una fosa. Seis meses después, la tierra escupió 193 cuerpos más en 47 fosas. Lo más doloroso no fue la saña, sino saber que la policía local de San Fernando ayudaba a llenar esas fosas. El Estado se había vuelto el verdugo de sus propios hijos.

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Pero el terror sistemático alcanzó su clímax un jueves de agosto en Monterrey. El dueño de un casino se negó a pagar 130,000 dólares a la semana. Cuota de protección, le llaman. A las tres de la tarde, doce hombres rociaron gasolina en las alfombras y prendieron fuego al lugar. Cincuenta y dos personas, amas de casa, empleados, mujeres embarazadas, murieron asfixiadas.

Ese día, México entendió que los Zetas no estaban en guerra con otros cárteles; estaban en guerra con la sociedad civil. Fue el principio de su fin, pero también el nacimiento de un trauma nacional que todavía hoy, cuando Usted camina por esas ciudades, se siente en el aire.

La caída de los líderes fue rápida, casi patética comparada con el horror que sembraron. Guzmán de Sena cayó a los 26 años en un restaurante. Heriberto Lazcano, el Z3, murió en un enfrentamiento rutinario y su propio grupo robó el cadáver de la funeraria. Miguel Ángel Treviño, el sanguinario Z40, se rindió sin disparar una bala en una camioneta de redilas.

Hoy, los Zetas son solo fragmentos, facciones que se devoran entre sí como perros rabiosos. Pero no se engañe, Usted. Los hombres murieron, pero el manual de operaciones psicológicas, la extorsión industrial y el uso de las redes sociales para el terror que ellos inventaron, son ahora el pan de cada día de los cárteles que dominan el país. Los Zetas se destruyeron, pero su sombra es el mapa sobre el cual se escribe el presente de México.