Crónicas de un México que no olvida: Los secretos y la caída del imperio de “La Maestra”

Ciclo Literario y de Diseño No. 175 by Universidad Gestalt de Diseño - Issuu

¿Recuerda Usted el inconfundible olor a gis, el sonido de la campana en el patio de tierra y la mirada severa pero amorosa de aquellos profesores de antaño? Para quienes crecimos en el México del siglo pasado, la figura del maestro era sagrada. Eran hombres y mujeres que, con los zapatos gastados y un sueldo modesto, forjaron a las generaciones que construyeron este país.

Sin embargo, la historia de nuestra educación pública guarda un capítulo oscuro. Un episodio donde el pizarrón fue reemplazado por la ambición, y las aulas se convirtieron en la caja fuerte de una sola persona. Durante más de dos décadas, el país entero se acostumbró a llamar “La Maestra” a una mujer que, lejos de las aulas, construyó un imperio que parecía intocable.

Hoy, le invito a hacer un viaje por la memoria. Acompáñeme a recorrer esta crónica sobre cómo la necesidad se transformó en poder, y cómo un país entero fue testigo del ascenso, la opulencia y el inevitable desplome de Elba Esther Gordillo.

Para entender el final, debemos viajar al principio. Comitán, Chiapas, en 1945. En aquel México que apenas se acomodaba tras la Revolución, nació una niña rodeada de carencias. Quienes han vivido la pobreza saben que esta deja una huella imborrable; en Elba Esther, esa huella se transformó en una voluntad de hierro para no volver a estar abajo. Huérfana de padre a los tres años, a los 12 ya estaba frente a un grupo dando clases por necesidad.

Pero su verdadera escuela fue el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE). En aquellos años del viejo régimen, el sindicato no era solo una agrupación laboral; era un ejército político. Ella entendió pronto las reglas no escritas: allí no mandaba el que más sabía de letras, sino el que mejor sabía obedecer y tejer alianzas. Su gran momento llegó en abril de 1989. Tras una breve reunión en Los Pinos con el entonces presidente Carlos Salinas de Gortari, el antiguo cacique Carlos Jonguitud Barrios fue destituido, y el Estado colocó a Elba Esther en la cima. No llegó por los votos de los maestros, llegó por la fría maquinaria del poder.

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Con el tiempo, la dirigente olvidó sus raíces. El sindicato dejó de ser un escudo para los profesores y se convirtió en un reino personal. Ustedes, amables lectores, seguramente recordarán las noticias de la época: plazas magisteriales que se heredaban o se vendían, y el doloroso escándalo de los “aviadores”.

Llegamos a tener más de 22,000 “maestros fantasma”; personas que cobraban sueldos puntualmente pero que jamás habían pisado una escuela. Mientras en las sierras de Oaxaca, Chiapas y Guerrero los niños tomaban clases bajo techos de lámina agujereados y los maestros rurales hacían milagros con un pedazo de gis, millones de pesos se esfumaban. La educación se había hipotecado para sostener una red de favores políticos que decidía elecciones y doblegaba gobernadores.

Las lujosas marcas que visten a Elba Esther Gordillo

El verdadero agravio no fue solo la política, fue la obscenidad del contraste. Mientras el país reprobaba en las evaluaciones internacionales y nuestros niños del campo se quedaban sin futuro, “La Maestra” acumulaba un lujo que ofendía a la decencia. Compras millonarias en tiendas exclusivas de Estados Unidos, cirugías plásticas, vuelos en jets privados y residencias de ensueño en Coronado Cays. Parecía que el dinero intentaba anestesiar para siempre el recuerdo de la niña pobre de Comitán.

Pero los imperios fundados en el miedo también tienen fecha de caducidad. La tarde del 26 de febrero de 2013, el país se paralizó frente al televisor. Un jet privado aterrizó en el aeropuerto de Toluca. Afuera no la esperaban políticos sonrientes para rendirle pleitesía, sino marinos y agentes federales. En un abrir y cerrar de ojos, la mujer que había manejado la educación de México como su feudo personal, descendió de la escalerilla para enfrentar cargos de delincuencia organizada y lavado de dinero. La imagen de ella, sin maquillaje y con el uniforme beige de prisión, fue una escena que a todos nos dejó sin aliento.

Elba Esther Gordillo a través de los años

Como lamentablemente ocurre a menudo en nuestro México, la justicia tiene un peso distinto según quien la enfrente. Los años de encierro se suavizaron con privilegios, hospitales privados y, finalmente, un cómodo arresto domiciliario en Polanco. En 2018, por errores de procedimiento de los fiscales —y no por inocencia—, recuperó su libertad. Salió de su encierro no con humildad, sino con actitud desafiante, llegando incluso a celebrar una fastuosa boda en Oaxaca que terminó siendo interrumpida por la furia de los maestros agraviados.

Al final de esta historia, nos queda una profunda reflexión. La verdadera dignidad de nuestro país nunca residió en aquellos líderes sindicales de trajes caros, sino en los maestros de verdad. En aquellos profesores que, a pesar de las carencias, de los salarios injustos y del abandono institucional, siguieron entrando a las aulas para enseñar a nuestros niños a leer. Ellos son el verdadero patrimonio de México. La ley pudo equivocarse y el dinero pudo comprar libertades, pero hay algo a lo que nadie puede escapar: el veredicto implacable de nuestra memoria histórica.