AS BOTAS DEL EMPERADOR: MEMORIAS DEL CAOS ADMINISTRADO

Yo, Felipe Calderón Hinojosa. El hijo de Morelia, el heredero de la resistencia azul, el presidente de la guerra selectiva.

El aire en el Palacio Legislativo de San Lázaro aquel 1 de diciembre de 2006 no era aire; era una mezcla asfixiante de ozono, sudor frío de burócratas aterrados y el olor dulzón de la pólvora que, aunque aún no estallaba, ya todos olíamos en el ambiente. Frente a mí, un mar de rostros: diputados que gritaban “¡Espurio!”, senadores atrincherados, y el peso de una nación que me miraba con la desconfianza del 0,56%. Llevaba la banda presidencial cruzada, una franja tricolor que sentía más como una soga que como una investidura. Mi voz, atrapada entre la garganta seca y la necesidad desesperada de legitimidad, pronunció las palabras: “Desempeñar leal y patrióticamente el cargo de presidente de la República que el pueblo me ha conferido”. Leal. Patrióticamente. Qué palabras tan pesadas cuando se pronuncian sobre un abismo.

Sabía que la vía electoral no me había dado la autoridad suficiente. Las calles estaban tomadas, el Zócalo era un plantón permanente, y la sombra de López Obrador se extendía sobre cada una de mis decisiones. Necesitaba algo más grande que un cómputo distrital. Necesitaba ser el Comandante en Jefe. Necesitaba una guerra para demostrar que el Estado funcionaba bajo mi autoridad, aunque la legitimidad que las urnas me negaron tuviera que buscarla con las botas. Cuatro días. Ese fue el tiempo que tardé. Cuatro días después de tomar posesión, sin un diagnóstico de seguridad completo, sin un equipo instalado, mandé 6,500 soldados a Michoacán. Declaré la guerra. No una guerra quirúrgica con objetivos precisos, sino una guerra en el sentido más literal: con ejército, con armamento militar patrullando ciudades, con la retórica del combate instalada en el centro del discurso de mi gobierno. Esa guerra duró seis años y se llevó entre 60,000 y 80,000 vidas, según los estimados más conservadores.

Mientras las familias enterraban a sus muertos en Monterrey, Ciudad Juárez y el Triángulo Dorado, el arquitecto de mi estrategia de seguridad, Genaro García Luna, Secretario de Seguridad Pública, estaba en la nómina del cártel de Sinaloa. El Chapo Guzmán estuvo libre todo mi sexenio. El Mayo Zambada nunca fue tocado. Mi guerra mataba a entre 60,000 y 80,000 personas, y el veredicto unánime de una corte federal en Nueva York estableció que mi sistema de seguridad administraba ese caos en beneficio de uno de los cárteles. Usaba como eslogan “Manos Limpias”, el legado de mi padre Luis Calderón Vega, fundador del PAN, un hombre de convicción genuina. Y ahora, Omar García Harfuch ha accedido al corazón del aparato de inteligencia que García Luna construyó con los recursos del Estado mexicano. No para recuperar anaqueles de papel, sino los archivos digitales que mapean el sistema completo, no solo al individuo que está en ADX Florence, sino a la arquitectura que lo sostuvo, lo financió y lo protegió durante doce años después de que mi sexenio terminó.

Yo soy diferente a Salinas, a Fox, a Peña Nieto. Salinas era hijo del sistema priista depredador; Fox, el outsider empresarial que reprodujo las mismas lógicas; Peña, el producto del grupo Atlacomulco. Yo soy hijo del PAN genuino. Nací el 18 de agosto de 1962 en Morelia, Michoacán. Mi padre construyó el partido en los años 40, cuando ser panista era una acción de resistencia política que requería convicción genuina. Crecí en una familia donde el anticorrupcionismo era un valor, donde la democracia era algo que valía la pena defender. Mi padre postulaba sabiendo que no iba a ganar, porque el sistema no lo iba a dejar ganar, pero lo hacía porque creía que la oposición democrática tenía que existir como testimonio.

Ese PAN original llegó al poder conmigo. Yo representaba la segunda oportunidad, el que tenía la formación, la trayectoria, los valores familiares correctos para gobernar de verdad con los principios del partido. Estudié en la Libre de Derecho, hice maestría en el ITAM y una beca en Harvard. Tenía el perfil del tecnócrata panista bien formado. Fui presidente del partido en 1996 y diputado federal. En 2003, Fox me nombró Secretario de Energía, y fue allí donde llegaron las primeras preguntas incómodas sobre los principios que mi apellido supuestamente garantizaba.

La empresa Hildebrando, propiedad de mi cuñado Diego Ildebrando Zabala, hermano de Margarita, tenía contratos con Pemex, la CFE, Luz y Fuerza del Centro, el IMSS, y específicamente con la Secretaría de Energía que yo encabezaba. El propio Diego reconoció que había recibido un contrato de Pemex por 8 millones de pesos durante mi periodo. Y Hildebrando tenía también contratos con el Instituto Federal Electoral, la institución que administraba el sistema de cómputo que procesó los resultados de la elección de 2006, la misma que terminó con una diferencia de 0,56% a mi favor. Nadie probó jamás que Hildebrando manipuló los resultados, pero la coincidencia —empresa del cuñado, contratos con el IFE, elección cuestionada— formó parte de la narrativa que mis opositores usaron para impugnar mi legitimidad. “Manos limpias”, decía mi eslogan, con el cuñado cobrando contratos del IFE. Esa contradicción define el calderonismo mejor que cualquier análisis de la guerra.

La sombra de la ilegitimidad electoral sobre mis hombros tenía dimensiones que hay que entender correctamente. El Tribunal Electoral validó mi triunfo anulando la revisión completa del voto tras una auditoría parcial del 9% de las casillas. Ese proceso dividió a México durante meses. Millones que habían votado por López Obrador nunca aceptaron el resultado como legítimo. La instalación del gobierno legítimo paralelo, el plantón en Reforma, las semanas de protesta… todo eso formó el contexto político en que tomé posesión. Sabía que necesitaba legitimarme, y la guerra contra el narco fue la respuesta a esa sombra.

Necesitaba legitimarme como Comandante en Jefe. Necesitaba que el ejército me obedeciera públicamente. Necesitaba la imagen del presidente que actúa, que tiene autoridad, que ejerce el poder de manera visible. Mandar 6,500 soldados a Michoacán cuatro días después de tomar posesión era la forma más visual y dramática de construir esa imagen. La legitimidad que las urnas no me dieron completamente, la busqué con las botas. Y entonces nombré a Genaro García Luna como Secretario de Seguridad Pública. Fui advertido. Amigos y colaboradores me dijeron que no era buena idea, que había señalamientos de corrupción desde el gobierno de Fox, que el caso Cassez, el montaje policial de 2005, decía algo sobre su estilo operativo. Lo nombré de todas formas.

¿Por qué? Hay varias respuestas. García Luna conocía el sistema, tenía los contactos con la DEA y el FBI central para mi estrategia, y en el contexto de un presidente que necesitaba demostrar eficacia urgente, su eficiencia artificial era lo que la narrativa requería. Pero la segunda respuesta es más pesada: García Luna tenía los archivos. Los expedientes de todos los actores relevantes del sistema político mexicano. Un presidente que llegaba con su legitimidad cuestionada, rodeado de rivales, no podía darse el lujo de tener como enemigo al hombre que tenía los archivos. Calderón sabía más de lo que dijo saber. El periodista Jesús Lemus documentó que García Luna era visto por narcotraficantes como alguien que tuvo prácticamente la vocería de la presidencia para negociar con el narcotráfico. No la iniciativa propia de un funcionario solitario; la representación autorizada del nivel más alto del Ejecutivo.

El 11 de diciembre de 2006 arrancó la Operación Michoacán. Lo que Calderón inventó fue la respuesta: la militarización masiva, el combate frontal, la guerra como metáfora organizadora de toda la política de seguridad. Los expertos señalaban dos problemas. Primero, la militarización escala el problema; cuando el ejército entra, el cártel no desaparece, se fragmenta, sus operadores se dispersan y la violencia se extiende a territorios antes estables. Eso exactamente ocurrió. Segundo, sin inteligencia confiable, la militarización favorece al cártel con mejor penetración en las instituciones, porque ese cártel sabe dónde van las tropas antes de que lleguen.

Eso también exactamente ocurrió. La estrategia era la del martillo: fuerza total, operativos espectaculares, capos detenidos o abatidos en conferencias de prensa. Y en los primeros años, esa imagen convenció. La iniciativa Mérida, firmada en 2007, fue el respaldo americano: $1,800 millones de dólares para equipamiento, entrenamiento e infraestructura. Helicópteros Black Hawk, escáneres de rayos X, sistemas de comunicación segura. Todo eso llegó a través de mi sistema de seguridad, gestionado por el hombre que estaba en la nómina del cártel de Sinaloa. El embajador Earl Anthony Wayne declaró que la DEA prefería coordinarse con la Marina. “No es el socio preferido”, significa en jerga diplomática: “sabemos que está comprometido”. A pesar de eso, los cheques siguieron llegando. $1,800 millones de dólares del contribuyente americano gestionados por un hombre que facilitaba la información al Sinaloa para que sus rivales cayeran. Eso es la magnitud del engaño.

El 4 de noviembre de 2008, el avión Learjet en que Juan Camilo Mouriño, Secretario de Gobernación y mi hombre de confianza total, viajaba desde San Luis Potosí, se desintegró en el aire sobre la Ciudad de México. La investigación oficial determinó que fue un accidente por turbulencia. El hombre que más sabía sobre la operación de mi gobierno desde adentro se fue con lo que sabía. El timing es parte del registro. Mourinho muere en noviembre de 2008, el mismo año en que Herrera Valles le escribió a Calderón sobre los vínculos de García Luna con el narco. El año en que el cártel de Sinaloa y los Beltrán Leiva entraban en guerra abierta, la misma guerra que dos meses antes había producido los granadazos de Morelia. El año en que la policía federal de García Luna estaba en el centro de las operaciones más controvertidas del sexenio. Ese timing forma parte del registro que Harfuch está reconstruyendo.

El patrón de la guerra era consistente. Los que caían eran los rivales del cártel de Sinaloa: Arturo Beltrán Leiva abajito en Cuernavaca en diciembre de 2009; Edgar Valdez Villarreal “La Barbie” detenido en agosto de 2010; Eriberto Lascano “El Lasca”, fundador de Los Zetas, abajito en octubre de 2012; Tony Tormenta del cártel del Golfo muerto en noviembre de 2010. Mientras tanto, El Chapo Guzmán estuvo libre durante todo mi sexenio. Escapó del Altiplano en 2015, ya en el sexenio de Peña Nieto. Durante seis años enteros, el capo más buscado del planeta operó con una libertad que sus rivales no tuvieron. Mayo Zambada nunca fue capturado. Cuando entregué el poder en 2012, el cártel de Sinaloa era la organización criminal más grande y más poderosa del mundo. Eso no fue el resultado accidental de una guerra difícil; fue el resultado de una guerra administrada. Los agentes de la policía federal de García Luna acompañaban cargamentos del Sinaloa a través de puntos de control, usando credenciales y uniformes para garantizar que la droga llegara a su destino. Compartían información sobre operaciones de cárteles rivales. Sacrificaban operadores prescindibles del propio Sinaloa para generar resultados espectaculares para la conferencia de prensa de los viernes.

Pero espérate, porque la segunda promesa habla de algo diferente: del dinero que siguió llegando después de que el sexenio terminó. El 5 de junio de 2009, en Hermosillo, Sonora, se produjo la tragedia que definió al calderonismo. Un incendio en un bodegón anexo a la guardería ABC se extendió rápidamente. La guardería ABC era una guardería subrogada del IMSS, un modelo que Margarita Zavala y yo habíamos impulsado como política pública. Lo que no decía la mención honorífica de la ONU en 2012 era que ese modelo había abierto la puerta a que personas con conexiones políticas obtuvieran contratos del IMSS para operar guarderías sin los controles de seguridad que una gubernamental hubiera tenido.

Marcia Matilde Altagracia Gómez del Campo Tonella, socia fundadora de la guardería ABC, era prima de Margarita Zavala, la Primera Dama de la República. Las instalaciones no tenían salidas de emergencia adecuadas, ni rociadores automáticos, ni extintores suficientes. El incendio se propagó en minutos. Murieron 49 niñas y niños, de entre 5 meses y 5 años de edad. 49 niños. Calderón y Margarita prometieron justicia. Lo que vino después fue diferente. Juan Molinar Horcasitas, Director del IMSS cuando se firmaron los permisos, fue premiado nombrándolo Secretario de Comunicaciones y Transportes. El ministro Arturo Zaldívar declaró públicamente que fue presionado para modificar su proyecto de sentencia y proteger a funcionarios federales de alto nivel. La prima de Margarita obtuvo un amparo. Nunca fue a la cárcel. 49 niños muertos, cero funcionarios de alto nivel condenados. Eso es lo que significa la impunidad cuando llega al lugar más terrible posible. Y luego está el Casino Royal en Monterrey, donde murieron 52 personas quemadas vivas en 2011, resultado de disputas dentro del sistema de extorsión que Los Zetas habían construido en el territorio de mi guerra selectiva. Y la Estela de Luz, que costó 1,200 millones de pesos, 192% más de lo planeado, entregada 15 meses tarde. El símbolo perfecto de mi versión más doméstica: la diferencia entre el discurso moderno y la realidad corrupta. “Manos limpias”.

El 10 de diciembre de 2019, Genaro García Luna fue detenido en Dallas, Texas. Calderón reaccionó con negación plana seguida de silencio relativo: dijo que nunca supo nada. O sabía y fue cómplice, o no sabía y fue incompetente. Las señales estaban documentadas. En 2008, el comandante Herrera Valles le escribió directamente denunciando vínculos con el crimen organizado; Calderón no hizo nada. El libro de Anabel Hernández en 2010 documentó vínculos de García Luna con el cártel de Sinaloa. El gobierno respondió cuestionando fuentes. En 2012, Edgar Valdez Villarreal “La Barbie” señaló públicamente a García Luna de recibir dinero del narco. Y el embajador Wayne declaró que la policía federal no era el socio preferido. Cuatro señales de cuatro fuentes diferentes en cuatro momentos distintos del sexenio. Calderón no actuó. ¿Por qué? La pregunta deja de ser histórica y se convierte en jurídica.

Antes de hablar de las transferencias del Infonavit, hay que cerrar el ciclo de Ciudad Juárez. En 2009 y 2010, fue la ciudad más violenta del mundo por tercer año consecutivo. No accidentalmente. La policía federal de García Luna llegó a Juárez y, según testimonios, llegó del lado del Sinaloa. Las familias que enterraron a sus hijos no los perdieron en un conflicto abstracto; los perdieron en una guerra que el Estado mexicano administraba para producir el monopolio del Sinaloa en la plaza más importante de la frontera norte. En 2020, la UIF del gobierno de AMLO detectó triangulación de recursos desde el Infonavit hasta cuentas vinculadas a Calderón. En 2016 y 2018, el Infonavit realizó transferencias a empresas llamadas IQ Iberoamérica y Equ Speakers, que a su vez transfirieron más de 2 millones de pesos a una cuenta que Calderón tenía en Estados Unidos. Es el patrimonio de los trabajadores llegando al bolsillo del hombre que los gobernó seis años. Y Calderón vive en España, con permiso de residencia gestionado por Aznar. El mismo mecanismo de distancia como escudo perfected con cada expresidente. Pero los archivos que Harfuch ha accedido son cualitativamente diferentes a los testimonios del juicio de Nueva York. Los archivos no son argumentos, son registros. Muestran una cadena de toma de decisiones que no termina en García Luna. García Luna tomaba decisiones, pero también reportaba. También tenía interlocutores en los niveles más altos del gobierno que sabían en distintos grados y con distintos detalles lo que el sistema de seguridad hacía en su función real.

¿Valió la pena? Calderón dice que sí, que combatió al crimen con toda la fuerza del Estado. Dice que la violencia existía antes. Tiene razón en lo último, pero la escala de lo que ocurrió entre 2006 y 2012 es resultado de decisiones específicas, de la militarización masiva, de la estrategia que no era guerra contra todos los cárteles, sino guerra selectiva en beneficio del más grande. Entre 60,000 y 80,000 personas murieron. Más de 26,000 desaparecieron. Valió la pena para el cártel de Sinaloa. El calderonismo no fue solo corrupción, fue corrupción con muertos. Fue un sistema de enriquecimiento ilícito construido sobre los cuerpos de decenas de miles de personas. Eso tiene un nombre: crimen de Estado. La institución entera, bajo el mando de su jefe máximo, operaba en beneficio del cártel. Los recursos de la institución eran herramientas del cártel. Eso es crimen de Estado. Un crimen de Estado no puede ser corregido con la remoción del funcionario corrupto, porque el crimen está en la institución. Tienes que desmantelar la arquitectura institucional. Lo que Harfuch está haciendo esta semana puede ser el primer paso real en esa dirección.

El calderonismo produce una indignación específica: la traición al propio valor que te justificaba. Yo no llegué prometiendo cambio político general. Llegué prometiendo limpiar la seguridad, combatir al narco. Y la guerra fue lo contrario de lo que prometía. Fue el Estado administrando al narco en beneficio de una organización criminal. Es como si el médico que dice que va a curar extiende la enfermedad para cobrar más. Los muertos de Ciudad Juárez, de Monterrey, del Triángulo Dorado… para esas familias, esta historia no es análisis político. Es la explicación de por qué esos años fueron como fueron. Los registros internos del sistema de inteligencia calderonista —el más sofisticado que la policía federal había tenido— produce registros. Intercepta comunicaciones y las registra. Procesa información y produce reportes que circulan por la cadena institucional. Toma decisiones sobre operativos y deja constancia de esas decisiones. Y esos registros incluyen comunicaciones que subían más allá de la Secretaría de Seguridad Pública. Eso es lo que Harfuch tiene esta semana y eso es lo que este canal va a seguir documentando. El registro no para. La distancia no es suficiente escudo para los que tienen que responder. El registro no para nunca jamás. Eso garantiza este canal.