El aire en la sala de visitas de la penitenciaría estatal no era aire; era una mezcla espesa de humedad, desinfectante barato y el peso invisible de las sentencias pendientes. Las paredes, pintadas de un verde institucional que pretendía calmar pero solo lograba deprimir, parecían cerrarse sobre Ramiro. Sus manos, esposadas a la mesa de metal atornillada al suelo, temblaban con un ritmo mecánico que él ya no intentaba controlar.
El aire en la sala de visitas de la penitenciaría estatal no era aire; era una mezcla espesa de humedad, desinfectante barato y el peso invisible de las sentencias pendientes....